Sergio Sánchez Collantes: “El republicanismo español es mucho más que las dos repúblicas”

Asturias24 (18/12/2014)

Pablo Batalla Cueto

El republicanismo español es mucho más que las dos repúblicas, y Sergio Sánchez Collantes lo sabe todo al respecto. Gijonés del 79, su carrera es tan corta como amplia su erudición. Su tesis doctoral, de más de dos mil páginas y que ha ido despiezando y publicando a trocitos, lo ha convertido en el mayor experto de Asturias en un tema poco conocido: el republicanismo del último tercio del siglo XIX, un mundo de brindis burgueses, periódicos de un día, peleas a bastonazos, tertulias de rebotica y pintorescas contradicciones que capitaneaban cuatro figuras señeras, líderes de otros tantos partidos: Francisco Pi y Margall, Emilio Castelar, Manuel Ruiz Zorrilla y Nicolás Salmerón. Sánchez acaba de publicar en Zahorí uno de esos pedazos de su tesis bajo el sugerente título El azote de la plebe. En él aborda el tema de las quintas militares y el impuesto de consumos, dos grandes sambenitos de la plebe de aquel tiempo de cuya abolición hizo bandera aquel republicanismo, granjeándose así un gran apoyo popular. Antes, Sánchez ya publicó Sediciosos y románticos y, sobre todo,Demócratas de antaño, un minucioso estudio del movimiento republicano en Gijón durante la Restauración, marcado por un largo conflicto en torno a la ampliación del puerto de El Musel y liderado a su vez por próceres locales que hoy llenan el callejero de una ciudad que los ha olvidado, como Eladio Carreño o Tomás Zarracina. Sobre todo ello habla, engarzando entre medias jugosas conexiones con el presente, este sabio precoz y locuaz en una esquina de Toma3 durante más de dos horas.

Probablemente el 95% o más de la producción historiográfica sobre republicanismo español verse sobre la Segunda República. Usted ha preferido centrarse en el republicanismo decimonónico. ¿Por qué?

 El republicanismo español es mucho más que las dos repúblicas; más, de hecho, que los partidos republicanos y sus resultados electorales. Hay toda una cultura política, todo un universo de prácticas sociales, culturales, periodísticas, de clubes políticos, de formas de sociabilidad, de manifestaciones, de mítines, de aculturación de los críos desde la infancia, etcétera, que existía antes de 1873, existió después, existió antes de 1931 y en buena medida explica que un régimen como el de 1931 tuviera una base social. A mí me interesaba el siglo XIX, y el republicanismo de la época me atraía precisamente porque estaba muy abandonado. La misma Primera República lo está; hay algún estudio provincial, y es importante que los haya porque es la base desde la que debe partir un análisis más general, pero existen muy pocas visiones de conjunto. Poco a poco, desde hace unos diez años, va saliendo más bibliografía, y van haciéndose tesis y congresos, pero es un tema todavía muy por explorar. Eso, por un lado. Por otro, otra cosa que me animó a estudiar ese periodo es la sombra de la guerra civil, que sigue planeando sobre este país y que hace que sea difícil investigar de manera aséptica sin que venga el típico a decirte que eso no fue así, que él lo vivió y fue de otra forma. El siglo XIX se puede trabajar más tranquilamente.
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La Primera República fue un fracaso tan clamoroso que incluso los republicanos parecemos avergonzarnos de ella, lo cual explica en parte el cierto olvido que pesa sobre ella. ¿Qué podemos salvar de aquella experiencia que nos permita enorgullecernos de ella y reivindicarla?

Los juicios sobre las dos repúblicas son en general bastante injustos, en primer lugar por el tiempo que duraron. La Primera República duró solo once meses, porque aunque después del golpe de Pavía y hasta el de Martínez Campos España siguiera siendo formalmente una república, durante todo el año 1874 lo que hay en realidad es un régimen un poco particular. Fueron solo once meses, poco más de los cien días que marcan el periodo de gracia que se da a un partido cuando llega al poder hasta hacer los primeros análisis. Por otro lado, hay que mirar el contexto: la Primera República tuvo que afrontar una guerra en Cuba, la carlista y el levantamiento cantonal de republicanos que tenían una concepción distinta de la república y además consideraban que había una serie de problemas sociales que había que abordar desde ya. El cantonalismo no fue, como muchas veces se dice, un movimiento separatista: había un componente de revolución social internacionalista que derivaba, igual que ciertos conflictos que sacudieron la Segunda República, de la existencia de una serie de problemas sociales a los que no se había dado solución cuando había que dársela. El problema de la tierra, que fue fundamental durante la Segunda República, en muchos de sus aspectos venía heredándose desde la desamortización, o sea, desde cien años antes. Si lo que haces con las tierras de la Iglesia es sacarlas en pública subasta, lógicamente la gente que no tiene dinero no puede pujar, y al final la estructura de la tierra sigue igual, con terratenientes, latifundistas, jornaleros… Eso en algún momento tiene que estallar. En la Primera República pasó lo mismo, y eso hace que se la pueda disculpar. De todas formas, sí que hubo cosas salvables.

¿Como cuáles?

Por ejemplo, hubo una pequeña tarea legislativa en torno al trabajo infantil en las fábricas, y se abolió la esclavitud en Puerto Rico, aunque es verdad que, siendo justos, lo de la esclavitud ya se había empezado a trabajar siendo reyAmadeo de Saboya. En todo caso, con miras amplias, aquello no dejaba de ser una monarquía democrática, no el régimen de Isabel II ni el de Alfonso XII. Más allá de la forma monárquica o republicana, el periodo de Amadeo y la República pueden considerarse en sentido amplio como una misma cosa y el paréntesis liberal más avanzado del siglo. La libertad de prensa creció considerablemente, se multiplicó el número de periódicos, el de manifestaciones en las calles… Es verdad que hubo también momentos de represión: por ejemplo, se prohibió la Internacional de Trabajadores en momentos en que se desmadró, pero, más allá de esos matices, la República fue un paréntesis de libertad, y hubo iniciativas legislativas muy notables que no tuvieron una aplicación práctica porque en solo once meses no da tiempo a que la haya.

La Primera República fue un paréntesis de libertad

Ni siquiera se llegó a aprobar una Constitución.

Quedó sin aprobar, sí. En todo caso, las elecciones estaban viciadas, porque muchos partidos políticos contrarios al republicanismo se abstuvieron, se retrayeron para restar legitimidad a las elecciones.

Lo que le hacía la oposición venezolana a Chávez.

Exacto. Es una manera de deslegitimar al triunfador: aunque arrase, esa victoria es una victoria viciada. Por otro lado, de la República también hay que reconocer que fue muy frustrante para las clases populares, que, por ejemplo, vieron cómo la República no sólo no emprendió la abolición de las odiadas quintas después de haber hecho bandera de ello, sino que, obligada por esas tres guerras simultáneas, siguió haciendo llamamientos a las armas. También es verdad que suprimió la posibilidad de que los ricos se libraran del servicio militar pagando una redención en metálico. Eso no se dice cuando se dice que la República no satisfizo las exigencias del pueblo. Es cierto que no las satisfizo, pero también es cierto que el ideal republicano era un ejército voluntario y que en caso de guerra fuese todo Dios, no sólo los pobres. Era un ideal patriótico distinto al de la época isabelina y la Restauración.

Durante mucho tiempo, república significó «desorden, anarquía» en el diccionario.

Sí. Hay un artículo muy bueno de Francisco Erice en un libro que nació de un congreso que celebramos en Oviedo con el título La escarapela tricolor. El título de ese artículo es algo así como La memoria de la República en los antirrepublicanos, y cita muchos extractos de obras literarias en ese sentido: «La casa hecha una república» y así, identificando la República con la anarquía y el caos. Es una interpretación interesada que tiene el fundamento real del cantonalismo, pero que parte de una concepción muy estrecha de lo que era la República y el republicanismo, centrándose en una aplicación concreta de la República. Otras repúblicas europeas no eran así, y en cualquier caso aquel caos también se vio durante los primeros años del reinado del Isabel II, cuando, no recuerdo las cifras exactas, pero hubo años con veintipico gobiernos. Esa inestabilidad que se reprocha a la Primera República por sus cuatro presidentes del Gobierno no es algo privativo ni inherente a la República. Presentarla como tal es una lectura interesada que cuajó en determinados sectores políticos y que hasta cierto punto reforzó la Segunda República. Pero volvemos a lo mismo: los problemas sociales que tuvo que afrontar la Segunda República no los generó ella: existían de antes.

Corrientes, principios, paradojas y triquiñuelas

Hablamos de republicanismo en singular, pero esa etiqueta alberga realidades muy diferentes. Había numerosas corrientes, no sólo la federalista y la unitaria, entre las cuales se generaban conflictos a veces muy ardorosos. Todos reclamaban ser los representantes del verdadero republicanismo y acusaban a los otros de estar pagados por el enemigo. Es fácil perderse; háganos un pequeño mapa del asunto.

Para hacer ese mapa hay que partir del Partido Demócrata, que se crea en 1849 y en el que se integran los republicanos de la época, pero que más allá de su aparente unidad escondía una diversidad importante de doctrinas y filosofías políticas, a las que unía el objetivo de conseguir determinadas libertades democráticas básicas: sufragio universal, separación entre Iglesia y Estado, etcétera. De hecho también había algún monárquico, aunque la mayor parte de los miembros de ese partido eran republicanos, que no podían utilizar esa denominación porque la legislación de la época lo prohibía. Después de la Revolución Gloriosa, cuando esa legislación cambia, el partido pasa a llamarse Partido Republicano Federal y a adoptar un programa más ambicioso. Pero ese Partido Republicano Federal sigue siendo muy diverso: la terminología cambia según el estudio, pero se puede hablar de sectores demosocialistas, demoliberales, más a la derecha…

El programa social del Partido Federal era idéntico al del primer PSOE

¿Cuándo se consuma el cisma?

Al llegar la Restauración, tras el fracaso de la Primera República. Surgen, a grandes rasgos, cuatro partidos. A la izquierda está el Partido Republicano Federal de Pi y Margall, que como su propio nombre indica tenía por principal nota diferencial el propósito de articular territorialmente el Estado de otra manera. Pero no era sólo una cuestión de articulación territorial, sino también de un programa social mucho más avanzado, con planteamientos relativos al obrero y a la cuestión social que son recogidos en un programa prácticamente idéntico al que más tarde tendrá el primer PSOE: delimitar las horas de trabajo en las fábricas, prohibir la entrada en ellas de mujeres embarazadas y niños menores de cierta edad, condenar a los empresarios que tuvieran las viviendas obreras o las fábricas en condiciones insalubres… Todo eso lo defienden claramente y lo redactan de manera detallada por primera vez los federales de Pi y Margall.

¿Qué mas tendencias hay?

En el otro extremo, a la derecha, está el partido de Emilio Castelar; la derecha republicana. Dentro del espectro republicano, son los más conservadores, los más comedidos a la hora de exigir ciertas cosas y los más condescendientes con la monarquía; los más transigentes, o más pacientes, a la hora de esperar a que se adoptasen determinadas medidas. Castelar, por ejemplo, era mucho más transigente con la Iglesia. La bandera laicista de separación entre Iglesia y Estado, escuela laica y demás, quien la enarbola de manera más clara y contundente es el Partido Federal de Pi y Margall. El de Castelar, en este aspecto, plantea cuestiones que se parecen a las que recoge nuestra Constitución y recogía la de 1869: libertad de culto y separación entre Iglesia y Estado pero, paralelamente, apoyo económico del Estado y ciertas prebendas para la Iglesia católica con las que otros republicanos no estaban de acuerdo.

Si no me equivoco, Castelar era muy amigo de Cánovas.

Sí, hasta el punto de comer juntos y eso (risas). Pero bueno, eso lo hacían muchos políticos de la época y lo hacen los de hoy, que primero se tiran los trastos en el Congreso y luego toman el cafetín tan amigos (risas). En realidad, Castelar no estaba ideológicamente tan lejos de Cánovas. La moderación de su partido explica también que desde los mismos comienzos de la Restauración hubiera ya algún diputado de esta tendencia en el parlamento cuando, desde luego, no había ningún federal. El parlamento funcionaba como funcionaba y el encasillado, que era ese diseño que se hacía desde el Gobierno del resultado de las elecciones antes de que se celebrasen, daba lugar a que no entrara nadie en el parlamento que no se quisiera que entrara. De todas formas, pese a esa moderación a Castelar se le llamaron mil cosas y entre ellas Gran Apóstata. En el Sexenio era federal, aunque seguramente tuviese un concepto de federalismo distinto al de Pi; más una descentralización que el pacto sinalagmático del que hablaba Pi, consistente en construir la república de abajo arriba mediante pactos entre los municipios para formar comarcas y entre éstas para formar regiones.

¿Qué más tendencias hay?

En el centro había una gama muy amplia. Su líder durante mucho tiempo fueManuel Ruiz Zorrilla, que es un personaje que, habiendo sido monárquico en la época de Amadeo, cuando llega la República la apoya, y cuando se restaura la monarquía, viendo agotada la posibilidad de convertir España en una democracia por la vía monárquica, apuesta por la República. Ruiz Zorrilla encabezaba la corriente llamada radical del viejo Partido Progresista de la época isabelina; la otra, monárquica, es la progresista de Sagasta, que acaba dando lugar al Partido Liberal de la Restauración.

Al final de su vida, Castelar abjura del republicanismo y apoya a Sagasta

¿Fue republicano ya hasta su muerte, Ruiz Zorrilla?

Sí, a diferencia de Castelar, que al final de su vida abjura un poco del republicanismo. Sigue definiéndose como republicano, pero una vez recuperado el sufragio universal masculino, la ley de Jurados y algunas conquistas mínimas recomienda a sus seguidores que apoyen al Partido Liberal de Sagasta.

¿Cómo evoluciona esa corriente radical del Partido Progresista?

Surgieron varios partidos a partir de ella, pero el que más duró fue el que se llamó, primero, Partido Democrático Progresista, y después Partido Republicano Progresista. Bueno, este partido, en la cuestión de articular el territorio, era partidario de cierta descentralización, pero unitario, no federal. Por otro lado proponía una serie de medidas para modernizar el Ejército que explica que muchos militares simpatizaran con ellos. Pero la nota definitoria fundamental es que fueron partidarios de restaurar la República en España por las armas. La mayor parte de los levantamientos armados que hubo desde 1875 para traer la República fueron protagonizados por una asociación que se llamaba Asociación Republicana Militar y que dirigía el propio Ruiz Zorrilla. Consistían en acuerdos con determinados militares para levantar no sé qué guarnición y no sé qué otra a la vez, pero fracasaron todas, y provocaron que un sector del partido que no estaba de acuerdo con esa vía se separase. Ese sector es el de Salmerón. En términos programáticos, Salmerón y Ruiz Zorrilla estaban de acuerdo en todo: república unitaria, recuperar la soberanía nacional, sufragio universal —que existió en el Sexenio pero fue eliminado en los primeros años de la Restauración—, ley de Jurados, etcétera. Pero Salmerón no estaba de acuerdo con la toma violenta del poder, y en 1886, después de un levantamiento muy sonado liderado por Manuel Villacampa, se separa del Partido Republicano Progresista y funda el Partido Centralista.

En resumen: tenemos cuatro grandes partidos liderados por Pi y Margall, Castelar, Ruiz Zorrilla y Salmerón. Pi y Margall es la izquierda federal, Castelar la derecha y Ruiz Zorrilla y Salmerón el centro. Ruiz Zorrilla es partidario de la toma violenta del poder y Salmerón no.

Exacto. Simplificando, porque luego hay disidencias internas, ésas son las cuatro grandes corrientes del republicanismo decimonónico, que en buena medida llegan hasta comienzos del siglo XX y en algún caso, como el del Partido Federal, hasta los años treinta. El partido de Ruiz Zorrilla engarza en cierto modo con el Partido Radical de Lerroux, que en los años treinta experimenta una evolución muy controvertida pero que a principios del siglo XX era muy anticlerical y muy activo a la hora de movilizar a sus bases sociales. En cuanto a Salmerón, en su partido hubo un sector de intelectuales y gente de la Institución Libre de Enseñanza que después alimentó el Partido Reformista de Melquiades Álvarez, que en sus primeros años es republicano pero después acepta eso que se llama la accidentalidad de las formas de gobierno, es decir, esa idea de que lo importante es conseguir ciertas conquistas democráticas y que lo de menos o lo secundario es que se consigan dentro de una república o dentro de una monarquía.

El personalismo era muy fuerte en aquel tiempo. Todos los partidos estaban vinculados a una figura carismática, que a veces regía los destinos de su partido con verdadera mano de hierro.

Sí. Ese componente personalista existía en todos los partidos de la época. Cuando desaparecía un líder, solía haber crisis importantes a la hora de sucederlo, con choques entre candidatos. Pasó en el Partido Liberal al morir Sagasta entre Moret y Montero Ríos, y pasaba también en los partidos republicanos.

El componente personalista existía en todos los partidos de la época

El caso paradigmático de esto es el de Pi y Margall en el Partido Federal.

Sí. Pi y Margall tenía un partido muy disciplinado, y era muy reticente a respaldar cualquier tipo de fusión con otros partidos que implicara la desaparición del suyo. Cuando surgían propuestas de unión republicana o alianza electoral, la postura de Pi y Margall era un poco aquello del «Programa, programa, programa» de Anguita: vale, podemos ponernos de acuerdo en un programa común, pero yo no estoy dispuesto a disolver mi partido para crear una fusión republicana. Eso hacía que se le considerase intransigente, pero también hay que entenderlo. El Partido Federal fue el primer partido de masas de la España contemporánea. Había otros partidos republicanos que tenían cierta base social, comités, etcétera, pero ninguno como el Federal. Desde los mismos comienzos de la Restauración, Pi fomenta que se nombren comités en todas las ciudades donde haya federales, pero que sean comités reales y permanentes que duren todo el año, no como los comités de los partidos de notables, que sólo se reunían en época de elecciones. Y además había toda una red de clubes, periódicos, etcétera. El Partido Federal era mucho más que un partido, y es comprensible que no estuviera dispuesto a renunciar a su identidad, igual que no lo están hoy ciertos partidos con una trayectoria dilatada y una identidad muy marcada cuando se plantea la creación de frentes y coaliciones de izquierdas.

En Demócratas de antaño enumera, entre los principios básicos del republicanismo, la confianza en la «armonía social espontánea». ¿Qué es eso de la armonía social espontánea?

Una idea muy del republicanismo en general, pero ya de la Ilustración, que parte de la creencia de que el hombre es bueno por naturaleza y hay determinados condicionantes que pervierten esa bondad natural, y según la cual si determinados derechos y determinado bienestar llegan a todos los ciudadanos no hay razón para que exista la lucha de clases. No se hablaba de Estado del bienestar, pero lo del Estado de derecho sí está ya por ahí, y al fin y al cabo se trata de lo mismo, de creer que cuanto menores sean las diferencias sociales menos conflictiva va a ser la sociedad. Cuando uno lee en un periódico republicano de aquella época la crónica de un banquete, siempre se encuentra la típica frase subrayando que el mono del obrero estaba al lado del no sé qué del médico y del no sé qué del capitalista: había un componente interclasista y los republicanos no es que no vieran la lucha de clases, por supuesto que la veían cuando la tenían delante, pero aspiraban a que dejase de existir. No a que dejasen de existir las clases, sino a que dejase de existir el conflicto entre ellas haciendo que la desigualdad dejase de ser exacerbada. En realidad su ideal, aquello en lo que pensaban cuando decían eso de la armonía social, debía de ser bastante parecido a las sociedades de las democracias avanzadas de hoy.

Había contradicciones que explican que muchos obreros republicanos acabasen en el socialismo

Llama la atención ese carácter interclasista; que burgueses acomodados compartieran militancia con miembros del proletariado. ¿Qué tenían en común gentes de vidas e intereses tan diferentes?

Tenían en común compartir esas ideas, pero no deja de haber contradicciones que afloran en determinados momentos. Por ejemplo, en 1898, cuando estalla en Gijón un motín contra los consumos, una de las panaderías asaltadas es la de Tomás Zarracina, que era republicano. No todos los que se levantaron eran republicanos, pero sin duda había republicanos, y los gritos de «¡Viva la República!» solían aparecer en esos motines. Pero eso no libra a Zarracina de ser asaltado. El odio de clase estaba ahí, y en unas encuestas sobre la situación de la clase obrera que se hicieron en el Ateneo Obrero a finales del siglo XIX —las hizo, además, Fernando Arenal, que no era republicano— todos los obreros socios se declararon republicanos y casi todos federales, pero Arenal consigna algo así como que «sentían la animadversión más absoluta hacia las clases sociales altas». Yo, desde que estudio el republicanismo, mantengo la tesis de que el hecho de que el republicanismo pretendiera esa sociedad armónica y defendiera ese interclasismo no significa que no hubiera republicanos obreros que odiasen a otras clases sociales. Y es natural: si tú trabajas doce o catorce horas, y te pagan una mierda, y vives en un cubículo de de dos por dos en la ciudadela de Capua, difícilmente puedes no odiar a quienes te mantienen en esa situación, por muy republicanos que sean. Había esas contradicciones que explican que muchos de esos obreros republicanos al final acabasen en el socialismo o el anarquismo. Después de años esperando un horizonte redentor republicano que no llegaba, acababan por deslizarse hacia posiciones que tenían más que ver con su emancipación, con aspiraciones más altas.

Se les quedaban pequeñas las costuras del republicanismo, por así decirlo.

Si, les vencía la propia realidad. También hay que tener en cuenta algo que también pasa hoy: que en las bases de un determinado partido puede haber gente con ideas mucho más avanzadas que lo que dicen los programas o los ideólogos oficiales. En el levantamiento cantonal, cuando se produjeron insurrecciones internacionalistas, había muchos obreros que pertenecían a la Asociación Internacional de Trabajadores al mismo tiempo que eran militantes federales a pesar de que el programa federal de la época no tiene nada que ver con el internacionalismo. Pero la política no ha cambiado tanto: hoy, en las bases del PSOE o en Izquierda Unida, hay gente que defiende ideas mucho más avanzadas que las que recogen los programas de esos partidos, pero que por mil razones no deja el partido o se va a otro.

Dos figuras típicamente republicanas, y en general y todavía hoy tendentes a la izquierda política, son el médico y el profesor. ¿Por qué esa implantación del republicanismo en la profesión médica y en la enseñanza?

Esa identificación es una realidad, sí, pero no es tan fácil explicarla. Hay un testimonio de Eladio Carreño, que era un dirigente republicano federal de Gijón y era médico, en el que se apunta una posible razón y que yo cito siempre: que los médicos vivían de manera cotidiana la miseria de los obreros a los que atendían, y por eso tenían una sensibilidad hacia su situación que no tenían otros profesionales liberales que no tenían tan cerca esa realidad.  También se habla de la formación filosófica de base positivista que tenían los médicos… En fin, hay varias posibles explicaciones. Lo que está claro es que tanto los médicos como los veterinarios y los farmacéuticos están muy, muy presentes en los distintos republicanismos. También los profesores, tanto de universidad como de instituto y se supone que los maestros, aunque éstos son más difíciles de documentar porque, así como los profesores universitarios en muchos casos eran también escritores y es fácil seguir su rastro, los maestros de escuela están menos presentes en las fuentes. En cualquier caso, el maestro no dejaba de ser una figura llamada a regenerar la sociedad, y la Segunda República, con la creación de tantas escuelas, demostró que ese interés de los profesores en el republicanismo no era infundado. La purga de maestros que se hace al empezar la guerra civil también refleja que el ideario progresista estaba muy arraigado en ellos. Otra profesión muy típicamente republicana era la de abogado. En Asturias había muchos abogados: Manuel Pedregal, Melquiades Álvarez… También algún juez y algún notario.

Los médicos tendían al republicanismo porque conocían la miseria de los obreros a que atendían

Debe de ser difícil no caer en la tentación de explicarse la vinculación del republicanismo a esas profesiones en base a la mayor cultura de quienes las desempeñan.

Quizás la explicación más sencilla sea que cualquiera que tuviera un poco de cultura o de sentido común viera que el republicanismo es lo más sensato porque una sociedad es más conflictiva cuantas más diferencias sociales tiene, sí. Cualquier persona mínimamente culta sabe que en Río de Janeiro las favelas no son conflictivas porque la gente que vive en ellas sea mala per se, sino porque hay un problema de pobreza y exclusión que al final desemboca en esa conflictividad. De todas maneras, la sensatez brilla por su ausencia muchas veces. Los poderosos, la gente que tiene dinero, deberían tener miedo de que una situación como la que tiene hoy España desemboque en una violencia incontrolada, pero no hacen nada por arreglar esa situación aunque las medidas que hacen falta para arreglarla no sean especialmente radicales. Eso pasaba entonces, también.

Ya ha aludido antes a ello, pero es interesante extenderse un poco en el tema: el discurso republicano federal antecede en gran medida al socialista.

No hay una línea de continuidad en el sentido de que las fuentes doctrinales de las que beben el federalismo y el socialismo son muy diferentes: el socialismo español inicialmente era de corte marxista, mientras que Pi y Margall bebía más de Proudhon y otro tipo de influencias ideológicas. Y la meta final tampoco era la misma: la desaparición de las clases, que era la meta del socialismo en último término, no era la meta del federalismo. De todas maneras, el PSOE, cuando nace, aparte de esas aspiraciones últimas de terminar con la sociedad de clases también tiene un programa a corto plazo que era el que aplicaría en caso de ganar las elecciones, y que es calcado del programa socioeconómico que tenía el federalismo: limitación de la jornada laboral, el tema de las embarazadas y los niños, el de las viviendas insalubres, la gestión pública de determinados servicios, como los tranvías, etcétera. La primera versión del programa federal se hizo en 1872, y se aprobó definitivamente en 1883 con algún cambio que respondía a los avances que había experimentado la sociedad en esos diez años: por ejemplo, la edad mínima de los niños para trabajar que se proponía era diez años en el primer programa y doce en el segundo. El PSOE no había nacido cuando se aprobó el programa de 1872, y acababa de nacer cuando se refrendó el de 1883. En realidad el federalismo abarcaba una parte del espectro que después asumirá el PSOE; de ahí las conexiones que se pueden hacer.

La relación del repubicanismo con el feminismo es ambigua y compleja. Pi y Margall decía que la mujer tenía en el hogar su trono y su misión.

Los republicanos eran hijos de su tiempo, y es cierto que algo que generalmente no criticaban era los roles tradicionales de género y el reparto de esferas consistente en que la mujer se quede en casa atendiendo a los niños y el varón se ocupe de la esfera pública. Sí que transigen con que las mujeres vayan a determinados actos, veladas, conferencias, mítines, etcétera, y a partir de cierto momento incluso las animan a que lo hagan, pero en ningún momento les abren verdaderamente la estructura del partido. A los mítines pueden ir como público, no como oradoras, y en esos comités que yo mencionaba antes tanto los electores como los elegibles son hombres. Las mujeres están excluidas de los ámbitos de decisión tanto en los partidos, como en los clubes, como en los ateneos, y lo están prácticamente hasta la Segunda República. Sí que es verdad que a partir de cierto momento comienzan a aparecer asociaciones republicanas femeninas: ya en el Sexenio hay clubes femeninos en ciudades como Cádiz o Madrid, aunque no en Asturias, donde no los habrá hasta 1919. Lo que sí se permite en Asturias, igual que en otros lugares donde no se avanza tanto es que las mujeres hagan campaña en las calles de las bondades del programa republicano. También se apoyan algunas medidas que conducen a la emancipación de la mujer de manera limitada. Y de lo que no hay duda es de que los republicanos defienden la educación de las mujeres, en una época en la que no todo el mundo la defendía. Lo que pasa es que ellos siguen creyendo que la principal aportación que las mujeres pueden hacer a la República es educar a los hijos en los valores republicanos. En realidad, el rol sigue siendo el mismo que antes: servir de correa de transmisión de doctrina a los hijos.

Los primeros republicanos no critican los roles de género tradicionales

Si antes se trataba de que las mujeres transmitieran a sus hijos los valores católicos, ahora se trata de que transmitan los republicanos.

Sí. Lo que pasa es que si tú estás hablándole a tus hijos de rebelión, de redención, de libertad, de soberanía, etcétera, llega un momento en que empiezas a preguntarte por tu propia libertad. Por eso es en buena medida del propio republicanismo que surgen las primeras feministas, que van más allá de lo que dicen los programas republicanos. Rosario de Acuña es un buen ejemplo; Belén de Sárraga es otro. Pero eran casos muy excepcionales, y muchas mujeres tampoco querían el voto al principio, considerando que lo prioritario era terminar con la tutela clerical sobre las mujeres.

Ése fue el argumento de muchos socialistas, hombres y mujeres como Margarita Nelken, para oponerse al sufragio femenino en 1933.

Sí, por ese temor a que el sufragio femenino jugara en su contra. También había quien se mostraba de acuerdo con que se concediese el voto sólo a las mujeres que tuvieran instrucción secundaria o un mínimo de formación. Pero ése era un requisito que no se pedía a los hombres.

La gran bandera del republicanismo decimonónico es la abolición de las quintas y los consumos. ¿Qué eran las quintas? ¿Qué eran los consumos?

Las quintas eran el servicio militar de la época, y los consumos un impuesto indirecto que pesaba sobre una serie de productos de primera necesidad, no solo relacionados con la alimentación, sino también, por ejemplo, el jabón, el carbón o el petróleo. En la época se decía que el impuesto gravaba los productos de comer, beber y arder. Bien, el nexo de unión entre quintas y consumos y la razón por la que los republicanos convirtieron su abolición en una bandera era la desigualdad con la que pesaban sobre la población. Ninguno de los dos tributos lo padecían los ricos: en el caso de los consumos no porque no lo pagaran sino porque no les importaba, y en el de las quintas porque podían pagar una tasa para librarse conocida como redención en metálico.

Muchos mozos sorteaban el servicio militar emigrando o incluso automutilándose. ¿Por qué generaban las quintas tanto pavor?

En la época se llamaba a las quintas popularmente tributo de sangre. Hay un estudio de José María Moro que demuestra que en determinados momentos la mitad de los mozos enviados a Cuba morían allí. No solo por heridas de guerra, sino también por cuestiones del clima, enfermedades, etcétera. A eso se unían las propias condiciones de la vida castrense, que en la época eran durísimas. La ropa, las condiciones de habitación, el rancho, etcétera, eran lamentables. Por otro lado, los castigos eran muy desproporcionados. Por ejemplo, por blasfemar en el cuartel el castigo era atravesar al soldado la lengua con un clavo, y cuestionar la autoridad de un oficial se castigaba con la muerte. Otra cosa terrible era la propia duración del servicio militar, que llegó a ser de cinco años a los que se sumaba otra cantidad determinada de años en los que se estaba en una especie de reserva, con la posibilidad de una nueva llamada a filas en cualquier momento. Al final, el servicio militar era una losa que uno no se sacudía en una década.  Y todo eso en la flor de la vida, en el momento en que uno está en pleno vigor físico. Las familias, sobre todo las campesinas, perdían mano de obra y una fuente de ingresos muy importantes. El pánico era comprensible.

El servicio militar llegó a durar cinco años. Causaba pánico en los jóvenes y sus familias

También había un fuerte componente clasista. En su libro, usted cuenta cómo los jóvenes ricos de Oviedo tenían la costumbre de acudir al Campo de San Francisco a burlarse de los mozos pobres que recibían su primera instrucción militar allí.

Sí, los hijos de buenas familias que no tenían que pasar por eso porque les habían pagado la redención se divertían así por las tardes. Lo denunciaba un periódico católico y conservador, El Carbayón, por lo que no cabe dudar de que era cierto. Si la denuncia la hiciese un periódico republicano, se podría suponer que se trataba de una exageración o una cosa de un día, pero no: el comportamiento de estos malcriados era tan lamentable que era objeto de denuncias por un periódico como El Carbayón. Pero el problema no eran solo estas burlas de los niños ricos: el hecho de que la mayor parte de la tropa procediese de las clases más bajas y fuese gente desamparada y sin padrinos consolidaba también un trato despótico por parte de los oficiales, que en muchos casos sí procedían de buenas familias con tradición militar y habían empezado su carrera sin pasar por aquellos trances, desde una posición más alta en el escalafón. De esto hablan algunos historiadores militares nada sospechosos de querer transmitir una visión negativa del Ejército: simplemente era así. La tropa era la chusma, la plebe, y los oficiales los trataban de una manera que seguramente no emplearían con gente de otra clase social.

Otra cosa llamativa relacionada con las quintas eran las empresas de sustitutos. Pagando una cantidad inferior a la de la redención en metálico, uno podía mandar a otro joven a hacer el servicio militar en su lugar.

Sí, gente que hace negocio con las desgracias del prójimo existe hoy y ha existido en todas las épocas… Esto es algo que merecería una buena investigación particularizada. Muchos de los que se prestaban a hacer de sustitutos eran gente desesperada que necesitaba el dinero. Hay un cuento de Clarín que se llama El sustituto y que refleja un poco esa realidad. Los sustitutos tuvieron éxito porque, efectivamente, muchos vieron la luz con ello: era una fórmula que, aun siendo costosa, era más barata que la redención. Acudían a ella, sobre todo, pequeños comerciantes y artesanos que sí que tenían unos dineros ahorrados pero no se podían permitir la redención. De todas maneras, algunos se hipotecaban hasta las cejas para pagar. De esto no se habla muchas veces: quienes pagaban esas cantidades a veces no es que tuvieran el dinero, sino que hacían serios esfuerzos para ahorrarlo.

Algunos historiadores explican el fracaso de la construcción nacional española en base al enorme rechazo que generaba el servicio militar. Si en otros países la mili fue un factor de nacionalización, aquí lo fue de desnacionalización. La gente percibía que sólo recibía de la Nación muerte y enfermedad.

Hay una frase de un discurso de Rafael María de Labra que cito en el libro que no recuerdo literalmente, pero que era algo así como que lo que no puede ser posible es que sean unos los que voten la guerra y otros los que vayan a derramar su sangre; que eso no es patriótico. El ideal republicano era no obligar a nadie a hacer el servicio militar pero que en caso de guerra todo el mundo tuviera la obligación de defender los intereses de la patria. Pero todo el mundo, no solo los pobres: nada de redención. Así, se eliminaba el componente clasista. En fin, con el patriotismo sucede lo que hoy: que quienes más lo predican son los que menos lo ejercen. Rajoy y la gente del PP llaman antipatrióticos a otros por defender determinadas ideas, pero, ¿qué patriotismo es ése de pagar tus impuestos en otros países? Con esto de las quintas entonces sucedía lo mismo, y es muy difícil construir un concepto de patria, de nación, un sentimiento de pertenencia común, de identidad, etcétera, haciendo las cosas así, igual que es muy difícil construir una nación sin universalizar la enseñanza primaria con determinados valores ciudadanos que sí se universalizaron en Francia. Aquí, la educación se dejó en buena parte en manos de la Iglesia, que inculcaba otra clase de valores, y ésa es la razón de que en España tengamos hoy debates que no tienen en Francia, y de que mucha gente no pueda sentir la bandera española como la sienten otros. La Nación no ofrecía nada, y en esto también podemos hacer una comparación con la actualidad, con el debilitamiento del Estado del bienestar. Si la gente que estudia y hace determinados esfuerzos y méritos obtiene en otro país en dos años lo que aquí no le dieron en quince, es fácil que acabe teniendo un sentimiento nacional, o al menos de agradecimiento, hacia este otro país mucho más que hacia éste.

Un grito muy llamativo de aquellos años es el de «¡Viva la abundancia!».

Se refiere a un problema muy de aquellos años: el desabastecimiento y el encarecimiento del grano, que no se debía a la escasez en sí, sino a que muchas veces, habiendo abundancia de grano, entraba en juego la figura del especulador, que retenía el grano para encarecer su precio. Eso todavía pasa hoy: yo una vez vi un documental sobre el precio del pan en el que se explicaba que ahora también funciona lo de especular con el precio del grano reteniendo remesas y sacándolas al mercado cuando hay interés.

Gritar «¡Viva la abundancia!» era una manera de gritar «¡Viva la justicia!».

Claro. Pasaba lo mismo que ahora: el problema no era de escasez, sino de mala distribución. Hoy en los supermercados del Primer Mundo se tira comida mientras en el Tercer Mundo se pasa hambre. De hecho, actualmente se genera más riqueza que en ningún otro período de la historia anterior. Lo que pasa es que se distribuye mal.

Los republicanos defienden la fiscalidad progresiva, aunque no la llamen así

La bandera de las quintas y los consumos granjea un gran apoyo popular a un movimiento en principio burgués y elitista. ¿Hubo una convicción real por parte de los republicanos, o agarrar esa bandera fue un cálculo político, una forma de lograr una mayor implantación social?

Yo creo que hubo una convicción real, porque lo que subyace a esas banderas es el concepto de igualdad ante la ley y el de justicia. El republicanismo, ya desde sus orígenes, plantea algo tan razonable como que el que tiene más pague más y el que tiene menos pague menos. Defienden la fiscalidad progresiva, aunque no utilicen ese término, y por eso se oponían a los consumos y proponían que ese tipo de impuesto indirecto se cargase sobre los productos de lujo y no sobre los de primera necesidad. Así que no, no creo que agarrar esas banderas sea hijo del cálculo; creo que era coherente. Pero sí que es verdad que, sin esa bandera, buena parte de las masas populares que apoyaron al republicanismo a lo mejor no lo hubieran apoyado, porque al final la gente se preocupaba por las cosas que le afectaban directamente, y además solía no tener estudios de ningún tipo. Justicia, libertad, democracia, fraternidad, etcétera, no dejaban de ser conceptos filosóficos difíciles de traducir a la vida cotidiana de la gente, pero cuando se proponía abolir las quintas y los consumos todo el mundo entendía muy bien qué significaba.

Cuando llega la Primera República, las quintas no solo se abolen, sino que se amplían, y los consumos son sustituidos por capitaciones que son esencialmente la misma cosa y levantan las mismas iras.

Sí, capitación era un impuesto personal que no era lo mismo, porque en teoría era proporcional a los ingresos y por lo tanto más justo, pero que generó problemas igualmente. En primer lugar, porque, igual que hoy, a nadie le gusta pagar impuestos, sean más altos o más bajos; pero también porque fue muy difícil de aplicar correctamente a causa de la falta de censos. Si tú quieres que alguien tribute por sus ingresos necesitas, lógicamente, hacer un censo de riqueza de la población para saber quién tiene, quién no tiene y qué tiene el que tiene, pero ese censo no se hizo. También hubo un problema de tiempos, de prisas. Sustituir un impuesto por otro requiere tiempo. Hay un librín que escribieron hacia 1873 ó 1874 Eladio Carreño y Apolinar Menéndez Acebal en el que se estos dos republicanos gijoneses vienen a decir precisamente esto: que sí, que los consumos son muy injustos, pero que para sustituirlos hace falta crear un impuesto nuevo y eso no se hace de la noche a la mañana.

Los fielatos eran un campo de Agramante diario

Otra cosa llamativa son las verdaderas batallas campales que tenían lugar en los fielatos, las aduanas en las que se cobraba el impuesto a la entrada de las ciudades.

Sí. Yo en el libro extracto muchas noticias de incidentes de ese tipo porque tienen mucha gracia; en algunas es gracioso incluso cómo están redactadas. Había choques todos los días y no necesariamente, aunque también, por razones de contrabando, por que alguien intentase pasar un producto de matute, como se decía entonces, y se generase el follón cuando lo pillaban. Muchas veces, el follón venía de que alguien alegaba que ya había pagado el impuesto pero le querían hacer pagar igual. Los guardianes tenían fama de ser más bien poco amables, y a muchos les daba igual lo que les enseñaran y querían hacer pagar igual o hacían confiscaciones porque sí. Imagino que la corrupción cundiría en el sentido de que a saber cuántas de las cosas que confiscaban se las quedaban ellos; esto pasa hoy también. Así que sí, el follón estaba asegurado. A veces los mal parados eran los aldeanos que intentaban pasar los productos, pero en otras ocasiones lo eran los mismos guardianes. Me estoy acordando de un testimonio, no sé si de Avilés, de una mujer que intentaba pasar sus productos y tuvo un enganchón con uno de los guardianes, que acabaron escorridos a pedradas por los trabajadores de una obra que había al lado. Hay una metáfora de una noticia de la época que a mí me gusta mucho, porque es muy elocuente, y que he utilizado muchas veces en mis libros, que es la de que los fielatos eran un campo de Agramante diario.

Un tema bastante debatido es el grado de conexión entre republicanismo y masonería. ¿Hasta qué punto existió?

Lo que existió sin duda es una serie de aspiraciones comunes, un sustrato de fondo común. Tanto el republicanismo como la masonería fueron muy activos en reivindicar la libertad de cultos, por ejemplo. A lo largo de todo el siglo XIX y salvo en el Sexenio, en España no existió esa libertad: aunque la Constitución de 1876 dijera que ningún español sería molestado por sus opiniones religiosas, realmente la intolerancia cundía y si pasaba una procesión por la calle y no te descubrías el sombrero el cura podía denunciarte y meterte en un follón. Esa situación antidemocrática explica que haya una cierta simpatía entre masones y republicanos y que hubiera muchos republicanos pertenecientes a la masonería, pero no todos los masones eran republicanos, ni todos los republicanos eran masones. En las logias también había liberales, reformistas, etcétera. Pero sí que es verdad que había muchos republicanos. Muchos incluso elegían nombres simbólicos muy reveladores, como Salmerón o Víctor Hugo.

Una reivindicación curiosa, que tiene especial fuerza en ciudades como Gijón, es la de abolir las matrículas de mar. Y otra que puede resultar sorprendente es la de prohibir la lotería. ¿Por qué estas reclamaciones?

Las matrículas de mar venían a ser las quintas extrapoladas a la gente que se dedicaba a oficios relacionados con el mar: en algunos momentos, debían estar durante toda su vida o buena parte de ella pendientes de ser reclamados en caso de guerra. Por eso fueron tan odiadas como las quintas, y en el Sexenio Democrático el grito de «¡Abajo las quintas!» iba ligado frecuentemente al de «¡Abajo las matrículas de mar!». Lo de prohibir la lotería es una idea que está muy presente en los republicanos pero que nunca se concretó en un programa, porque no había una postura unánime, aunque sí había críticas constantes en los periódicos, los discursos, las tribunas, etcétera. La crítica fundamental a la lotería era que los obreros se gastaban el poco dinero que tenían, y privaban a sus familias de bienes fundamentales, con la esperanza de solucionar su situación, cuando no dejaba de ser un espejismo. Pero aquí hay una de las contradicciones curiosas del republicanismo: los republicanos criticaron la lotería durante décadas al mismo tiempo que organizaban rifas para causas concretas. Pasaba lo que con los toros, que los criticaban pero a veces organizaban corridas para recaudar dinero. A veces idealizamos las cosas, pero el republicanismo incurría en estas paradojas, y yo estoy recopilándolas para escribir algún día un artículo sobre ellas.

Se daban clases gratuitas a los obreros de historia o matemáticas, pero también principios de democracia

Para algunos historiadores, el republicanismo decimonónico fue una «escuela de ciudadanía». ¿En qué sentido?

Eso fundamentalmente se refiere a que transmitieron una serie de valores a sus simpatizantes y militantes. Hay que pensar que en tiempo de Isabel II el sufragio es censitario, con lo cual vota una minoría ínfima de la población. La gente en esa época no sabía ni lo que era votar, pero los republicanos organizan y promueven ateneos, gabinetes de lectura, casinos culturales, etcétera, en los que hay juntas directivas elegidas democráticamente todos los años, lo cual no deja de ser una manera de transmitir prácticas y hábitos democráticos que no existen en la sociedad. La gente aprendía así lo que significaba introducir una papeleta en una urna, ser elector y elegible, gestionar o autogestionar determinados intereses colectivos, etcétera. Además de eso, en momentos de libertad como el Sexenio Democrático hay iniciativas de clases gratuitas a los obreros en las que, además de enseñárseles historia, matemáticas y otras asignaturas convencionales, se les imparten otras como una que enseñaba aquí Eladio Carreño, principios de democracia. Por todo eso se puede decir que los republicanos desempeñaron un papel importante a la hora de adoctrinar a la gente, y digo adoctrinar sin sentido peyorativo, en valores en torno a los que hoy hay un consenso, como libertad o soberanía.

En la Restauración, la etiqueta «demócratas» sustituye a la de republicanos a causa de la prohibición gubernamental.

Sí, eso sucede en los cinco o seis primeros años de la Restauración, hasta que llega Sagasta al poder. Tanto la palabra república como su familia léxica están proscritas. Tú no puedes fundar un periódico que se llame La República o que se subtitule «Diario republicano de la mañana» o algo por el estilo, y por su puesto los contenidos también son censurados. Entonces los republicanos hacen algo que en realidad ya habían hecho en tiempos de Isabel II: usar la palabra democracia: Partido Demócrata, diario republicano progresista, etcétera. Democracia funciona como sinónimo de república del mismo modo que en su día el Partido Demócrata había sido en buena medida el partido republicano de la época. Es algo muy evidente y que los propios republicanos reconocen después: hablan de aquellos años como la época en la que tenían que llamarse demócratas porque no podían llamarse republicanos.

En esa época hay protestas muy curiosas, como la de la treintena de personas que son deportadas de Madrid por ponerse sus sombreros mientras el rey está presente en el Teatro de la Ópera. También hay ingeniosas maneras de celebrar el 11 de febrero. Cuéntenos alguna.

En relación con eso de los sombreros me acuerdo ahora de una anécdota que cuenta Adolfo Posada en sus memorias: era el año 1877 o por ahí; él estudiaba en Madrid y un día estaba en el Ateneo, cuyas ventanas daban a un patio de otra asociación o institución a la que ese día había ido de visita el rey. El caso es que desde esa ventana alguien gritó: «¡Viva la República!», y al parecer el conde de Toreno u otra de estas figuras conservadoras, que estaba recibiendo al rey en ese otro edificio, por una reacción mecánica de responder «¡Viva el rey!» cuando alguien lo decía a su vez llegó a gritar «¡Viva la República!» en respuesta a aquel grito. Posada lo cuenta de manera muy cómica. El «¡Viva la República!» era un grito muy subversivo, y en la Restauración hay momentos en los que es prohibido con la excusa del mantenimiento del orden público. En cuanto al 11 de febrero, lógicamente después de la Primera República se convierte en una fecha emblemática, en la que la gente se reúne para homenajear la memoria de la República de distintas maneras. La fórmula por antonomasia fueron los banquetes, pero en determinados momentos los gobiernos conservadores los prohíben, obligando a los republicanos a celebrarlos en domicilios privados. A veces te encuentras a presidentes de comités reuniendo a cien personas en su casa. En otras ocasiones, pudiendo celebrarse esos banquetes en restaurantes pero sin gritar consignas subversivas, había triquiñuelas para gritarlas igual. Yo me acuerdo del testimonio de uno que al pronunciar un discurso al final del banquete en cuestión decía algo así como: «Nos dicen nuestras autoridades que no podemos gritar “¡Viva la República!”, así que no gritemos “¡Viva la República!”». Había estas cosas que más que para sortear la prohibición eran para tocar las narices al delegado de la autoridad que estaba allí presente y que cuando se encontraba con estas situaciones no sabía muy bien cómo proceder. Lo dejaban un poco en ridículo.

¿Qué eran los tés democráticos?

Era la alternativa económica a los banquetes, en los que, aunque siempre se insista en la presencia de obreros, había que pagar un cubierto que no todo el mundo podía afrontar. No recuerdo ahora las cifras exactas, pero comparando esos precios con los salarios de la época uno se da cuenta de que los banquetes no eran precisamente baratos, así que seguramente no fueran tan interclasistas como se pretendía. Los tés democráticos son una fórmula que usan mucho los federales y que delatan también la base obrera que tenía el partido. En vez de quedar para comer, se quedaba para tomar un té, pero la función del evento era la misma: reunirse, hacer brindis, socializar, etcétera. Otras veces se organizaban paellas, que también eran más baratas que los banquetes.

Un día, en el Jovellanos, al sonar la Marcha real sacaron a dos asnos al escenario

Volviendo al tema de las protestas, en Demócratas de antaño usted también cuenta una anécdota muy divertida relacionada con una pareja de burros y el Teatro Jovellanos de Gijón.

Creo que fue en el año 1884. Fue durante la representación de una obra titulada Día de los inocentes, justo el 28 de diciembre. El caso es que en un momento de la obra, al sonar la Marcha real, sacaron a dos asnos al escenario. Evidentemente no era casual; claramente había un propósito de crítica antimonárquica. Los arrendatarios del teatro y la gente de la compañía eran republicanos. Aquello trajo bastante follón, porque mucha de la gente que estaba presente se indignó y el día siguiente empezó el típico cruce de cartas al director en El Comercio.

En aquellos años, el republicanismo utiliza como argumento uno que se sigue utilizando hoy: la contraposición del derroche de la Casa Real frente a las penurias del pueblo.

Sí. De hecho, hay una fórmula muy repetida en los periódicos republicanos de la época que es comparar, en dos columnas, los gastos de las monarquías europeas con los de presidentes de la República. Claro está, habría que comprobar si los datos eran fiables, de dónde los obtenían y demás, pero en cualquier caso era muy impactante visualmente. Otra cosa que se hacía era desglosar los gastos que se supone que hacía la Familia Real y ponerlos también en el periódico de manera muy visible, lo cual no dejaba de ser una manera de alimentar la opinión republicana. Aunque no hubiera una crítica explícita, se entendía de manera implícita que la República no incurriría en esos gastos y que ese dinero quedaría para escuelas u otras necesidades del pueblo.

En Demócratas de antaño menciona un ejemplo de estas críticas implícitas: el de la descripción pormenorizada en un periódico gijonés de la suntuosidad del tren que llevó a Alfonso XII a Gijón en una de sus visitas.

Sí. Fue en una gacetilla de El Comercio, y yo considero que era una crítica sutil porque la escribía Celestino Margolles, que era republicano y masón. La crónica, aunque no critique explícitamente ese lujo, se recrea mucho en él. Otra cosa que se hacía entonces era, si venían los reyes o los príncipes a la ciudad, no cubrirlo o cubrirlo de manera muy parca, como si fuera una información irrelevante.

También hay quien dice entonces otra cosa que ciento cincuenta años más tarde sigue diciéndose: que el debate monarquía/república es irrelevante y hasta peligroso mientras la monarquía asuma los valores democráticos.

Mucha gente piensa así. El juancarlismo en buena medida es eso, y es cierto que es mejor vivir en una monarquía que tenga o reconozca un margen de libertad amplio y un Estado del bienestar sólido que en una república en la que esas condiciones no se den. Algunos países nórdicos son monarquías y en muchas cuestiones los envidiamos, y del mismo modo hay repúblicas que de republicanas en el sentido filosófico del término tienen poco. Pero no por ello deja de ser poco democrático que la jefatura del Estado no esté abierta a todos los ciudadanos. En fin, éste, efectivamente, es un debate muy viejo.

Si en algún momento este régimen se desmorona, del PSOE van a empezar a salir supuestos republicanos de toda la vida

José Luis Rodríguez Zapatero dijo una vez que teníamos un rey muy republicano.

El PSOE ha jugado durante muchos años, y sigue jugando, a reivindicar su tradición republicana pero a la vez ser una pieza fundamental del bipartidismo del régimen monárquico actual. Si en algún momento este régimen se desmorona, estoy seguro de que van a empezar a salir republicanos de toda la vida utilizando precisamente esa tradición republicana para tratar de encontrar cabida en un nuevo juego, en un nuevo tablero como se dice hoy mucho. También es verdad que hay gente en el PSOE que ha seguido defendiendo la República frente a la monarquía todos estos años. En cuanto a lo de Zapatero, llamar republicano a un rey es absurdo. Di, en todo caso, que es demócrata. En relación con esto, yo recuerdo un especial que sacó El Mundo por los veinticinco o treinta años de reinado de Juan Carlos, y que titularon algo así como «El primer rey demócrata». Dentro incluían una lista de todos los reyes de España desde la Edad Media. Estaban todos menos Amadeo: un ejemplo de manipulación periodística muy indecente, porque el único rey que merece el título de primer rey demócrata de España, con todas las salvedades que quieran hacerse, es Amadeo de Saboya. Que lo quiten de la lista en un suplemento en el que se habla del primer rey demócrata… ¡Salía hasta Luis I, que fue un rey que duró siete meses antes de morirse de viruela a los diecisiete años, pero no Amadeo! Y no cabe la justificación de que era extranjero: no dejaba de ser rey de España, y tan extranjero era como Carlos I o Felipe V.

Un pueblo exaltado por la Constitución

A Gijón se lo tuvo en el siglo XIX, junto con otras ciudades como Alicante, Reus o Málaga, por un bastión del republicanismo español. Cierto obispo nos llamaba «el pueblo más exaltado por la Constitución».

Cuando hablamos de ciudades republicanas en España hablamos sobre todo del último tercio del siglo XIX, de la Revolución Gloriosa en adelante. Efectivamente había ciudades como Reus o Gijón donde había un movimiento republicano fuerte muy implantado y con mucho apoyo popular. Había más, y a medida que salgan estudios provinciales iremos sabiendo de ellas. En el caso de la cita del obispo, es muy elocuente, pero se refiere al período absolutista de Fernando VII, cuando se está reprimiendo a los partidarios de la Constitución de 1812 y ese obispo denuncia que en Gijón hay muchos partidarios de ella. De hecho, hubo una misa en la que entró la gente a palmear al cura. En pleno absolutismo, que había que tener huevos (risas). Pero sí, más allá de que hablemos de una época o de otra, está claro que en Gijón había una opinión liberal muy arraigada. Muchos de aquellos primeros liberales exaltados derivan más tarde o más temprano hacia el republicanismo.

Los zapateros tendían, aquí como en Gran Bretaña, al radicalismo político

¿Por qué Gijón?

Quizás por la estructura social. Había, igual que en Avilés, de la que también se decía que era una ciudad republicana, mucha presencia de comerciantes, que en general era gente abierta a nuevas ideas. Igual que en Oviedo la Universidad funcionaba como foco liberal, en Gijón esa función la cumplía la población comerciante. También los artesanos. Las clases trabajadoras son importantes en este sentido a finales del siglo XIX y a principios del XX, pero antes de esas fechas son numéricamente poco relevantes. Ya existían la Fábrica de Vidrios, las cigarreras, etcétera, pero la estructura socioeconómica de Gijón estaba compuesta sobre todo de artesanos: zapateros, sastres, cerrajeros, herreros, etcétera, que eran trabajadores manuales pero más menestrales que trabajadores asalariados en el sentido moderno. Eran personas que sabían leer y que muchas veces tenían una formación política fuerte. Hay un estudio de Hobsbawm que se llama Zapateros políticos y que, aunque esté centrado en Gran Bretaña, es muy elocuente sobre cómo determinados artesanos especializados tenían una formación cultural y política fuerte y militaban en movimientos radicales.

¿Se puede entender el famoso viaje de Isabel II a Gijón en 1858 como un intento de aplacar el pujante republicanismo gijonés?

No, porque en 1858, aunque había ya algunos núcleos democráticos y republicanos en Asturias, y ya se va fundando algún periódico, el movimiento sólo estaba naciendo. El viaje a Gijón se explica simplemente en base a que la Familia Real tenía la costumbre de veranear en determinados destinos, e igual que uno era San Sebastián en cierto momento Gijón también se puso de moda. Era un sitio donde también había determinadas familias nobles con las que los reyes tenían relación y en cuyas casas se alojaban a veces. De aquel viaje hay una anécdota divertida relacionada con un zapatero de Avilés llamado Mamerto. Lo menciona Palacio Valdés en La novela de un novelista: el tipo se dedicaba a cantar el Himno de Garibaldi por las tabernas, a gritar «¡Viva la República!» y a criticar al papa. Había llamado Dantón a su hijo y Libertad, Igualdad y Fraternidad a sus tres hijas, y había estado en la cárcel, pero cuando Isabel II visitó Avilés él estaba, por alguna razón, en la recepción, y cuando la reina dio un beso a una de sus hijas empezó a gritar «¡Viva la reina!» (risas). No sé si fue una apostasía momentánea o permanente…

Llama la atención el número de gijoneses con importancia de magnitud nacional en la gestación y el desarrollo del republicanismo español. Evaristo San Miguel es autor de la primera letra del Himno de Riego y José Canga Argüelles el primer español que teoriza sobre republicanismo.

Evaristo San Miguel no fue republicano, aunque tal vez podría haber evolucionado hacia el republicanismo si hubiera pertenecido a la generación siguiente, igual que Riego, que tampoco era republicano pero uno de cuyos sobrinos sí lo sería, y que tal vez lo hubiera acabado siendo si no lo hubieran matado joven. En cualquier caso, tanto Riego como San Miguel tienen importancia en el republicanismo en lo que respecta al aparato simbólico: Riego da nombre al himno republicano y San Miguel le pone letra. El caso deCanga Argüelles es controvertido. Se lo considera el primer español que teoriza, no sobre republicanismo, sino sobre federalismo, en una obra titulada Cartas de un americano sobre las ventajas de los gobiernos federativos que no firmó, pero que puede documentarse fehacientemente que la escribió él. De todas formas, la escribió por encargo, aunque hay autores que argumentan que se lo puede tener por republicano de todas maneras por ciertas declaraciones suyas. Otros matizan mucho la posición de este hombre, que fue evolucionando hacia posturas muy conservadoras y fue, de los exiliados liberales, el más condescendiente con Fernando VIIcon miras a favorecer su regreso a España. Pero bueno, al fin y al cabo republicanos que abjuraron del republicanismo los hubo siempre: ahí está el caso de Castelar, que aunque nunca dejó de ser republicano tuvo, por ejemplo, hacia la Iglesia una postura mucho más radical en el Sexenio que más tarde.

Otra conexión de la historia del republicanismo con Gijón es que la reina madre y su segundo marido, el duque de Riánsares, estaban aquí cuando tuvo lugar el pronunciamiento de 1868, y Napoleón III tuvo que enviar a Gijón una fragata para salvarlos.

Sí, es un episodio curioso, y lo es porque las crónicas de la época, que eran por así decirlo muy afines a la reina, trataron de relativizar el bullicio social que hubo en aquel momento. Llama la atención que, si realmente no hubo tanto bullicio social y no se movía una mosca, hubiera tanta prisa por sacar a la reina. ¿Qué miedo había si tan en calma estaban las cosas?

En Oviedo arrancaron un busto de Isabel II con una soga y lo arrastraron por la calle

¿Cómo se vivió la Gloriosa en Gijón?

La verdad es que hay más datos de lo que pasó en Oviedo, donde, por ejemplo, había un busto de Isabel II en la Universidad que fue arrancado con una soga y arrastrado por la calle. Palacio Valdés y Adolfo Posada lo vivieron y lo mencionan. También hablan de gente pidiendo armas por las casas para defender las conquistas de la revolución, lo cual seguramente también pasase en Gijón. Y bueno, lo típico: bullicio ciudadano, manifestaciones, gritos de «¡Abajo los Borbones!», mítines espontáneos, reparto de proclamas… Es interesante ese paso de un régimen opresivo a uno en el que la multitud toma la calle, que además no dejaba de ser un espacio tradicionalmente tomado por la Iglesia. Había un montón de actos religiosos, como las procesiones, que implicaban una apropiación simbólica del espacio público, y en el Sexenio eso se invierte. Por eso la Iglesia lo ve como una amenaza. Volviendo a Gijón, se nombró una junta revolucionaria que duró hasta que el proceso fue ya encauzándose y se nombró en Madrid un gobierno provisional que ordenó disolver las juntas. Había también una milicia ciudadana que se llamaba Voluntarios de la Libertad y se formó con la idea de defender las conquistas de la revolución al modo de la vieja Milicia Nacional. De Gijón se conserva la lista de esos voluntarios y es interesante leerla porque uno comprueba que la mayoría eran republicanos y que había pocos obreros asalariados pero muchísimos artesanos: sastres, zapateros, etcétera.

La gran figura del republicanismo gijonés fue Eladio Carreño. Háblenos de él.

Era médico. Estudió en Cuba porque tenía allí un hermano que había sido uno de aquellos primeros liberales y había estado exiliado en Londres. Carreño se crió en una familia ya liberal. Se le considera el creador del primer comité democrático que hubo en Gijón, pero cuando se crea el Partido Democrático en Gijón, o al menos cuando tuvo lugar la primera reunión, él seguía, según documentos que yo he consultado, en Cuba, por lo que es posible que no fuera él el fundador y que con el tiempo, al ser un dirigente tan importante, la gente diera por sentado que el creador del partido había sido él. O eso, o esa presencia en Cuba fue un viaje corto hecho ya después de volver a España. En cualquier caso, desde los primeros momentos él es un dirigente fundamental que forma parte del comité democrático primero y del republicano federal después. También fue un impulsor fundamental del Ateneo Obrero junto con otra gente, y fue fundador, o director, o financiador de buena parte de los periódicos republicanos que se editan en Gijón: La República Española en 1869, El Municipio Federal en 1873, El Fuete, El Boletín Federal, algún otro de finales de siglo… O sea, que es un personaje muy activo en el movimiento republicano local. El borrador del Proyecto de Constitución Federal del Estado Asturiano de 1890 también lo escribió él.

Hay otras figuras importantes a las que los gijoneses conocemos por el callejero: Sanz Crespo, Tomás Zarracina…

Sanz Crespo fue liberal, y presidió la junta revolucionaria de 1854, pero que yo sepa no llegó a ser republicano. Sí que es verdad que fue dueño de una imprenta de la que salieron muchos periódicos republicanos, por lo que sí que hay cierta conexión. Tomás Zarracina sí era republicano: ya figuraba en el Partido Democrático antes de 1868 y después está presente de manera permanente en el republicanismo local. Es uno de los tres capitalistas que financian el periódico El Noroeste y fue diputado provincial. Fue un personaje bastante querido. Al morir, se le homenajeó con una placa en la calle que hoy lleva su nombre y que era donde vivía, pero como decía antes eso no excluyó que en determinados momentos de estallido social las iras se dirigieran contra él como comerciante de grano y pan que era.

La inestabilidad de la Primera República a nivel nacional tiene su correlato en la de Gijón, que tiene tres alcaldes en menos de un año.

Sí, pasó en Gijón y en otros sitios, aunque en algunos lugares hubo solamente un alcalde. Era una época bastante inestable en general, pero muchas veces lo que pasaba es que se reflejaba miméticamente la tendencia que dominaba en Madrid, y que cuando había un cambio de gobierno en Madrid las ciudades, sobre todo las más importantes, se apresuraban a cambiar al alcalde por otro de la tendencia dominante en Madrid. Eso pasó claramente en Oviedo: cuando llega Castelar, se nombra alcalde a un castelarino.

El cantonalismo no prendió en Asturias por miedo a la amenaza del carlismo

Llama la atención que la revolución cantonal no afectase en absoluto a Asturias. ¿Por qué?

Mi teoría es que la amenaza del carlismo hizo que las fuerzas federales partidarias del movimiento cantonal consideraran un riesgo levantarse y prefiriesen integrarse en los Voluntarios de la Libertad y las fuerzas que combatían el carlismo antes que dar lugar ellos a otro movimiento que obligasen a desatender ese frente. En 1869 sí hubo levantamientos republicanos federales en Asturias, y al año siguiente hubo otro intento de levantamiento en toda España el que participaron asturianos y que finalmente no se realizó. En 1873 no hubo, efectivamente, levantamiento cantonal, pero en el momento en que Pavía asalta el Congreso sí se levantó en Oviedo y Avilés una partida de republicanos federales, que luego acabó por dispersarse. O sea, que fuerzas federales tendentes a la insurrección sí había. Pero esa amenaza carlista debió pesar sobre ellos más que cualquier otra consideración. Si tú comparas un mapa de los lugares en los que el movimiento carlista era más fuerte y otro de aquéllos en los que lo fue el movimiento cantonal, te das cuenta de que las provincias no coinciden. De ahí mi tesis de que los tiros debieron de ir por ahí, aunque no deja de ser una mera hipótesis.

Durante la Restauración, seguimos siendo bastión. Asturias es la provincia española que más diputados republicanos envía al Congreso durante la Restauración, en Oviedo suelen arrasar los demócratas y Gijón es la primera ciudad que se muestra a favor de la abolición de la esclavitud.

Sí, ésos son los tres hitos, por así decirlo, que yo propondría si me preguntaran por la importancia que tuvo Asturias en el republicanismo en el conjunto de España. De lo de los diputados se puede argumentar que no es tan revelador por el caciquismo y demás, y por otro lado las listas de diputados de aquellos primeros años que publican algunos autores ponen como republicanos a algunos personajes que no lo eran, pero en cualquier caso algunos de los diputados que Asturias envió al Congreso en aquellos años tuvieron un papel muy importante. Manuel Pedregal, por ejemplo, fue durante muchos años el portavoz de la minoría republicana en el Congreso. Es un personaje muy desatendido. A mí me gustaría hacer algún día un libro monográfico sobre él. En cuanto al abolicionismo, Gijón fue la primera ciudad de la que se recibió en el Congreso una petición firmada por un montón de vecinos a favor de la abolición en Cuba igual que se había hecho en Puerto Rico. Después llegarían muchas otras peticiones, también una de Oviedo, pero la de Gijón fue la primera. La leyó Labra, que tuvo un papel muy importante en el movimiento abolicionista y que no era asturiano, pero tenía muchas conexiones con Gijón: había veraneado aquí, tenía familia, casa en Oviedo, etcétera. Por eso es muy posible que la iniciativa partiera de él; que animase a la gente que conocía aquí a remitir ese escrito. Y en cuanto a lo de Oviedo, es cierto que hubo una mayoría de republicanos en el Ayuntamiento durante muchos años.

Siempre se piensa en Gijón, pero Oviedo tuvo una presencia republicana importante también

Imagino que la Universidad, la eclosión del movimiento krausista y figuras como Clarín tendrían mucho que ver con ello.

Sí, peor no solo eso. En Oviedo también fueron muy inteligentes a la hora de afrontar las convocatorias electorales, porque solían presentarse en coalición en lugar de divididos, como sucedía en otros lugares. De hecho, la Unión Democrática, que fue la primera unión republicana de España, prendió por primera vez y sobre todo tuvo aplicación práctica en Oviedo. Esto es una cosa olvidadísima, también. Siempre que se habla del republicanismo asturiano se piensa en Gijón por aquello del movimiento obrero y de la fuerza del federalismo, pero Oviedo tuvo una presencia republicana importante también. Otra cosa es lo que esos republicanos pudieran hacer en el Ayuntamiento, porque el alcalde era nombrado por real orden.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, periodo del cual usted se ocupa, Gijón vive inmerso en un conflicto que tiene su correlato en el movimiento republicano local: el que enfrenta a apagadoristas ymuselistas. Háblenos de ese conflicto.

Es un conflicto muy curioso que dividió a la sociedad gijonesa. Comienza cuando se constata que el puerto de Gijón se ha quedado pequeño y que hace falta un puerto más grande para digerir el crecimiento del tráfico comercial y el mayor calado de los buques. El debate fundamental era si se debía ampliar el puerto local, que se llamaba popularmente El Apagador porque tenía forma de apagavelas, o construir uno nuevo en la zona de El Musel, que reunía las condiciones idóneas para ese puerto más grande. Había intereses económicos en juego: a quienes tenían negocios ligados al Apagador no les interesaba que el tráfico se fuera para otro sitio, y a la inversa había gente que tenía propiedades en la zona de El Musel y a la que le interesaba que se construyera el puerto allí. Al final se aprueba una fórmula intermedia: construir el puerto nuevo pero hacer también arreglos en el puerto local. Pero durante muchos años, hasta que se llega a esa solución intermedia, prácticamente un cuarto de siglo, el debate está constantemente presente y hay momentos en los que se exacerba, sobre todo cuando en el Ayuntamiento hay una mayoría de partidarios de una opción y hacen gestiones en favor de esa propuesta y de pronto cambia el Ayuntamiento y se invierten las tornas. En esos momentos se agitan los ánimos: unos mueven a sus manifestantes y otros a los suyos. A veces hay verdaderas hostias, como cuando Ataúlfo Friera, Tarfe le dio un bastonazo a Eladio Carreño en su droguería de la calle Corrida. Octavio Bellmunt también tuvo una enganchada… Bueno, el caso es que ese conflicto divide incluso al partido republicano: el movimiento federal se parte en dos y surge un partido nuevo que sospechosamente tenía una opinión apagadorista unánime. El propio republicanismo unitario de Ruiz Zorrilla surge en Gijón, también sospechosamente, pronunciándose demasiado a favor del Apagador. Al final, había dos casillas y era imposible estar en el medio.

En muchos cismas políticos lo doctrinal era lo de menos

Este episodio es un buen ejemplo de una tendencia historiográfica muy en boga desde hace algunos años: la microhistoria, estudiar el reflejo de las cosas universales en las ultralocales. En este caso encontramos la pugna entre la tradición y la modernidad, la instrumentalización de la política por intereses económicos…

Sí. Sobre todo es interesante en ese segundo sentido, el de que muchas veces en el surgimiento de un partido o de una disidencia lo doctrinal era lo de menos. Otra cosa es que luego ese cisma tratara de explicarse doctrinalmente, pero de mano lo que pesaban eran determinados intereses personales, y seguramente pesasen en otros lugares en los que ves que también surgía esa disidencia federal y en los que habría otra clase de razones locales por investigar. Esto sucede hoy, también: un buen ejemplo es Ciutadans y UPyD y esa imposibilidad suya de llegar a un acuerdo. Las diferencias políticas que pueda haber entre ellos a mí se me escapan, pero sin embargo veo claramente que el personalismo de Rosa Díez juega un papel importante en esa división que no deja de ser una posición poco inteligente desde el punto de vista electoral: seguramente Ciutadans y UPyD podrían ocupar una parte del espectro político que parece que está perdiendo el PP si se unieran, pero a veces se imponen otras consideraciones. En el siglo XIX pasaba lo mismo: desde luego, un Partido Federal unido hubiera sido más fuerte que uno dividido, sobre todo considerando que no había diferencias doctrinales sustanciales.

La prensa es una fuente clave para el historiador del siglo XIX. Hubo quien dijo entonces que «La prensa traerá la República». ¿Por qué lo decía?

Porque en el siglo XIX el concepto de opinión pública tal y como lo entendemos hoy cobra fuerza. Aunque había surgido antes, cobra fuerza en el siglo XIX. Y la prensa desempeña un papel fundamental a la hora de orientar esa opinión. El republicanismo, que era un movimiento que no formaba parte del sistema, que no era un partido de notables cuyos diputados se decidieran en gobernación o entre cuatro caciques que movieran hilos, necesitaba paliar esa desventaja movilizando una gran base social. Y lo que hacen para ello es nombrar comités estables, montar una red de ateneos, fundar clubes políticos e imprimir periódicos. Necesitan atraer a la opinión pública hacia ellos explicándoles sus argumentos de por qué España sería mejor con una república que con una monarquía, y eso es lo que subyace a esa frase.

En aquellos años los republicanos hacen rendidas alabanzas a Gutenberg, inventor de la imprenta. Hay, incluso, masones que toman su apellido como nombre simbólico. Víctor Hugo decía que «el diámetro de la imprenta es el diámetro de la civilización».

Esto enlaza con lo anterior, lo que pasa es que implica abrir el campo. Realmente, en la opinión pública no se influía sólo a través de la prensa, sino que había otros canales y palancas: manifestaciones, actos civiles, conferencias en el Ateneo o en el círculo republicano, etcétera. Por un lado estaba la vía oral de los discursos y las tribunas y por otro la escrita, dentro de la cual entraría la figura de Gutenberg como inventor del aparato que permite incrementar la propaganda escrita de una manera revolucionaria. Hay un libro de Asa Briggs y Peter Burke que se titula De Gutenberg a Internet. El título habla a las claras de que hasta el desarrollo de Internet no hubo un hito tan relevante en ese sentido de la comunicación social como la imprenta de Gutenberg. En el siglo XIX no existía Internet, y la imprenta hacía mucho que existía, pero el periodismo político cobra auge sólo entonces, y es lógico que en ese momento mucha gente se acuerde de Gutenberg cuando imprime opúsculos, catecismos políticos, cartillas republicanas y todo un abanico de vías impresas para difundir doctrina.

Las caricaturas permiten transmitir determinados mensajes a gente que no sabe leer

Otra arma muy utilizada son las caricaturas y tiras cómicas.

Sí. En Gijón había un semanario que se llamaba precisamente Gijón y que estaba muy enfrentado con otro periódico republicano que se llamaba El Fuete, por cuestiones sobre todo portuarias. El Gijón es uno de los primeros periódicos republicanos de Asturias que introduce caricaturas. La pena es que la temática está muy ligada al puerto; si no hubiera sido por eso, tal vez las caricaturas hubieran dado más juego, con temas más generales como la secularización, la democracia, alegorías de la República, etcétera. Lo que hay en el Gijón son críticas sistemáticas a Eladio Carreño y a los muselistas. Por ejemplo, yo qué sé, dibujan a Carreño como una marioneta manejada por una mano que se supone que es la del conde de Revillagigedo, que era otro ilustre muselista. Carreño y él sólo tenían eso en común: evidentemente, en lo ideológico no tenían nada que ver. Pero ese muselismo común da a los contrarios esa artillería. Eso en cuanto al Gijón. Si salimos de Asturias, encontramos toda una tradición de prensa satírica desde finales del reinado de Isabel II en periódicos como el Gil Blas, La Flaca, El Motín… Lo relevante de las caricaturas es que permiten transmitir determinados mensajes a gente que no sabe leer o que sabe leer pero no entiende mensajes demasiado teóricos o filosóficos. Para difundir una crítica anticlerical, por ejemplo… Carlos Martínez, que fue un médico radical socialista importante en los años treinta, recuerda que cuando era pequeño, en Avilés, al ir al colegio pasaba por delante de una zapatería cuyo dueño era republicano y colgaba caricaturas de El Motín en el escaparate. Después de tantos años, Martínez se acordaba de muchas de aquellas sátiras: un coche conducido por un cura atropellando a Cristo y cosas así.

¿De qué República es usted republicano?

La República sigue siendo tan polisémica como en el siglo XX. Siempre lo fue. Por eso me resulta difícil dar una respuesta clara a esta pregunta. Yo creo que hoy en día es fundamental atacar determinados aspectos del sistema económico en nombre de la soberanía y el bienestar de los ciudadanos, igual que lo hacían los republicanos del siglo XIX. También que, aunque quizás en el siglo XIX se podía soñar con determinados arreglos cosméticos o de escaparate, hoy en día hace falta una revisión profunda de lo que queremos que sea la Unión Europea, de lo que queremos que sea España, del poder que queremos dar a lo que llaman mercados pero es realmente gente con nombre y apellidos… Desde luego, si nos ceñimos a los conceptos clásicos, yo creo que la República federal sería una fórmula muy conveniente a la hora de solucionar el problema de la articulación territorial del Estado, aunque es verdad que el problema de Cataluña cada vez es más difícil de solucionar. También creo que, paralelamente a eso, habría que ahondar en la convergencia europea, pero de una forma distinta a como se está haciendo ahora, en un sentido progresivo, social, fiscal, etcétera. Lo que está claro es que la República no debería tratarse simplemente de una forma de jefatura de Estado, sino de un cambio socioeconómico más profundo. Hay determinados cambios sociales que son inviables si no se cuestiona el modelo económico, y ya no hablo en términos gruesos de capitalismo, aunque podríamos, sino por lo menos del modelo de capitalismo que se nos quiere imponer. Hoy, por ejemplo, sería muy republicano defender lo que hasta hace poco se entendía por socialdemocracia, que, aunque desde determinadas posturas de la izquierda nos pueda parecer moderado, en este momento resulta que si defiendes posturas socialdemócratas te llaman radical.

¿Viviremos para ver la Tercera República?

La verdad es que el panorama político en España se está poniendo muy interesante, y no sé hacia dónde puede evolucionar, pero es posible que ese debate se plantee más pronto de lo que parecía hace siete u ocho años. Pero insisto, debe cambiar mucho la sociedad y no debe tratarse simplemente de cambiar de modelo de jefatura de Estado. España podría ser hoy día una república y que estuviera pasando todo lo que está pasando ahora. A mí, esa república me gustaría tan poco como la monarquía. La república que se proclame debe satisfacer el bienestar de la población y debe llevar al primer plano la idea de que la ciudadanía está por encima de todo. La famosa reforma constitucional que ahora se está cuestionando, con ese debate sobre anteponer los problemas financieros y los intereses de los compradores de deuda a las necesidades básicas de los ciudadanos, es lo más antirrepublicano que se puede hacer, pero seguramente si España hubiera sido una república cuando apretaron las tuercas se hubiera hecho lo mismo.

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