Federalismo y República

pi

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Editado para El Viejo Topo por uno de los habituales de la revista, Antonio Santamaría, se trata de la reedición de uno de nuestros mayores clásicos que –además- nos habla de temas sobre los que todavía tenemos mucho que discutir, o mejor dicho, sobre lo que todavía está todo por discutir porque lo que era un ideal en el siglo XIX…lo sigue siendo. No en vano, el franquismo nos llevó a un abismo ante el que una democracia como ésta, la única realmente existente, pudo parecer a mucha gente como lo menos malo que se le podía ofrecer.

De hecho, una de las manifestaciones de este atraso es que a estas alturas nos veamos obligar a contar quien fue Don Francisco Pi i Margall (Barcelona, 1824-Madrid, 1901), cuando este tendría que ser materia de primera enseñanza, y pretexto para que existiera alguna institución estable que se dedicara a dar a conocer y debatir constantemente sobre su vida y su obra…Y es que estamos hablando de un demócrata, federal y semianarquista español. Posiblemente «el personaje más importante de la I República y una de las figuras más destacadas de la vida y el pensamiento social, político e incluso, cultural de la España de la segunda mitad del siglo XIX” (Antoni Juglar).

Su interés es doble: «por un lado, estructuró el camino para una posible revolución burguesa en España, problema capital en nuestras tierras hasta bien entrado el siglo XX; por otro lado su pensamiento trascendió su figura, e incluso sus propios fines políticos, e influyó profundamente en movimientos tan diversos como, por ejemplo, el catalanismo de izquierda y el anarquismo» (Isidre Molas).

Don Francisco nació en una familia pequeño burguesa modesta. Con la ayuda de su maestro ingresó en el Seminario de la ciudad y desde allí fue adquiriendo una sólida cultura. Se puede decir que fue uno de los políticos españoles más culto del siglo. Trabajó en el ramo editorial como peón intelectual. Uno de sus artículos publicados en El Correoprovocó una crisis ministerial y tuvo que ocultarse para escapar de la represión. Comenzó su vida política ingresando, en 1849, en el Partido Demócrata. En 1851 escribió su Estudio sobre la Edad Media (capítulo tercero de su famosa Historia de la Pintura en España), que –ni que decir tiene- fue condenada por la Iglesia y prohibida por las autoridades que la obedecían. Por aquellas fechas parece que Pi ya estaba familiarizado con los diversos socialismos europeos y en 1852 escribió al duque de Solfearon que esperaba que éste fuese «tan socialista como soy y seré toda mi vida». En 1854, Pi i Margall participó en primera línea en el pronunciamiento liberal de Vicálvaro ya los mismos sublevados los encarcelaron porque su manifiesto El eco de la revolución les pareció excesivamente revolucionario.

Hombre polifacético, fue abogado, publicista, crítico teatral y de arte, periodista, conspirador republicano, diputado, fundador y jefe del partido federal, etc. Con ocasión del levantamiento liberal del cuartel de Gil (1866), tuvo que exiliarse a Francia por su complicidad con el asunto. Allí tradujo varias obras –obviamente subversivas- de P. J. Proudhon y estuvo en contacto con núcleos positivistas. Al triunfar la revolución de 1868 regresó a España y al año siguiente iniciaba su carrera parlamentaria como diputado del Partido Republicano Federal –escindido del Demócrata– y pronto se situó como la cabeza dirigente del republicanismo radical capaz de la acción extraparlamentaria sí era necesaria.

Durante la I República fue ministro de Gobernación (de febrero a junio) en el gabinete de Figueras, y al dimitir éste ocupó la presidencia del consejo (poco menos de un mes), hasta que la insurrección cantonalista acabó con su gobierno. Esta experiencia, la más avanzada del siglo XIX español, no concluyó con el fracaso de Pi i Margall que mantuvo un ejemplo de honestidad política que es rememorada todavía entre los españoles, sino por la contradicción derivada del hecho de que la clase burguesa -la teóricamente primera interesada en la revolución- temió ser desbordada por el movimiento obrero. Los federales fueron víctimas de esta contradicción que intentaron vanamente superar. En 1884, Pi fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid y dos años más tarde volvió a su actividad parlamentaria, volviendo a ser reelegido en 1901, el año de su muerte. Sus obras más importantes y que mantienen una cierta vigencia todavía son La reacción y la revolución y Las nacionalidades (editadas por Hacer en 1979).

La primera fue escrita como la estructuración lógica del pensamiento de su partido, el Demócrata entonces, y «somete a una crítica racional y demoledora, los pilares del Antiguo Régimen: la monarquía, el cristianismo y la propiedad omnímoda. Esboza asimismo la solución política necesaria: un régimen basado en hombres libres, con unas formas políticas democráticas, un régimen antioscurantista y reformador, en una palabra, el esquema político de la revolución burguesa, la alternativa global al Antiguo Régimen» (Isidre Molas). La segunda analiza la teoría y la práctica de la idea federal, según la cual la unión entre los pueblos debe de ser producto del libre entendimiento, de un pacto de igualdad y no sometimiento. Esta obra es una de las primeras, sino la primera, que se ocupa del complejo tema de la cuestión nacional en el Estado español.

Aunque Pi i Margall se definió como anarquista («Yo soy anarquista, sábelo, hace más de cerca de medio siglo. El hombre, decía ya entonces, es un ser libre y dueño de sí mismo. Lleva en su alma la raíz de toda certidumbre, de toda moralidad y de todo derecho y no reconoce justo, moral ni verdadero sino lo que como tal su razón afirma. No admite contra sus afirmaciones ni la autoridad de la ciencia, ni de la Biblia, ni la de los códigos, y merced a su independencia inicia todos los progresos de que después se vanagloria y aprovecha todo nuestro linaje. Ser de índole tal es ingobernable; a la idea de poder hay que sustituir la del consentimiento»), añadió a este término el de reformista, pensando que había que evolucionar por «reformas en lo político, en lo civil, en lo penal, en todo lo que hoy regula la vida de los individuos y los pueblos.

Sólo por esta vía –dirá-, cabe llegar quizás no pacíficamente, pero preferiblemente sin catástrofe, a la anarquía. Entiende que en una primera instancia, el objetivo es la república federal, una democracia que se asemeja al módulo estadounidense que admira. Se encuentra por lo tanto entre Proudhon y Lincoln, entre la democracia burguesa radical y el socialismo utópico que prescinde de la clase obrera en nombre del pueblo y de la revolución en nombre de la reforma. Durante muchos años su obra fue defendida por los republicanos y por sectores del anarquismo, y hubo también un pequeño partido, el partido federalista que se mantuvo generalmente como un sector dentro de la CNT, pero que aceptaba la política parlamentaria.

No hay que decir que en los años sesenta y setenta, Pi i Margall fue extensamente reeditado, y dio pie a numerosos ensayos y biografías, para luego recaer en un cierto olvido, algo que se trasluce por un detalle muy simple, no recuerdo haberme encontrado con ninguna calle o avenida dedicada a su nombre (a lo mejor es por no molestar al PP que en estas cosas es también muy sensible). De ahí que haya que recibir con la atención que merece esta antología que pretende recuperar para la calle a un clásico-clásico, cuya vigencia contrasta con el difícil acceso a sus obras, mucha de ella descatalogadas desde hace tiempo.

Se trata de una edición que evoca a un Pi i Margall desde una óptica que reconoce su trayectoria “intachable, su honestidad proverbial, la fidelidad irrenunciable a sus principios filosóficos y otros rasgos de su personalidad, que le valieron el sobrenombre de “el hombre de hielo”, facilitaron la difusión y popularidad de este mito político y moral. Su estilo literario austero, claro y preciso contribuyó a mantener el éxito de sus libros. La obra de Pi i Margall se sitúa en el centro de las grandes cuestiones abiertas por la revolución burguesa en España y ofrece una solución democrática a cada una de ellas: los derechos y libertades individuales, la cuestión religiosa, la forma y organización del Estado, el problema de las nacionalidades, el atraso económico, la reforma agraria, la cuestión social… que durante décadas determinarán los agudos conflictos de la atormentada historia del país. El término federalismo ha reaparecido en el crispado debate político de nuestros días. Quizás la cuestión de las nacionalidades sea el último problema pendiente de la revolución democrática española. Acaso esto explica por qué esta antología vuelve la mirada hacia Pi, una referencia obligada en la historia del federalismo español y que aún puede aportar valiosos elementos teóricos en estas cuestiones”.

Antecedida por una minuciosa introducción, el libro nos ayuda a conocer gran variedad de cuestiones tratadas por Pi, en esta antología sólo se han reproducido aquellos textos directamente referidos al problema de las nacionalidades y a la alternativa federal, temas sobre los que –habrá que repetirlo todas las veces que hagan falta- hay tanto y tanto que discutir, y para lo que don Francisco es una gran ayuda.

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