La otra revolución asturiana de octubre

El Comercio (03/10/2009)

Sergio Sánchez Collantes

Son varios los levantamientos populares que jalonan la historia contemporánea de Asturias, aunque unos han recibido más atención historiográfica que otros. La disponibilidad de fuentes que los iluminen satisfactoriamente, desde luego, ha sido un condicionante poderoso. Y de ahí que sea tan desconocido el asunto que vamos a tratar aquí, fuera de contadas y parcas referencias. Cuando se habla de ‘la revolución de octubre’, a secas, lo normal es pensar en el año 1934; sin embargo, hubo otra revolución asturiana de octubre que también está de aniversario: la de 1869. ¿En qué consistió?

Isabel II había sido destronada por la revolución de 1868 y existía en España un Gobierno provisional. Las partidas carlistas actuaban en distintos lugares, Asturias incluida. Y el flamante Partido Republicano Federal, heredero del antiguo Partido Democrático, gozaba en la región de notables simpatías entre las clases populares. Había comités federales en una veintena de municipios y circulaban intensamente los periódicos defensores de tales ideas: amplias reformas sociales en el marco de la Republica Federal; garantías, derechos y libertades fundamentales; sufragio universal para los mayores de 20 años, universalización y gratuidad de la enseñanza, supresión de las quintas y los consumos, abolición de la esclavitud y la pena de muerte, separación de la Iglesia y el Estado, jurado para toda clase de delitos y justicia gratuita, etcétera.

La vía electoral no dio los frutos esperados: en los comicios de enero triunfaron los monárquicos, así que monárquica fue la nueva Constitución que se promulgó en junio. El disgusto también afectó a los republicanos unitarios, o sea, no federales, como ilustran los versos de un jovencísimo Leopoldo Alas en el ‘Juan Ruiz’: Topete, tú a la dinastía /supiste darle el cachete/¿y hoy con mucha sangre fría/esperas la monarquía?/Ya no me gustas, Topete.

La insurrección de octubre fue un estallido anunciado, porque entre mayo y julio los federales españoles habían firmado una serie de pactos regionales en los que invocaban su derecho a sublevarse si las garantías fundamentales eran vulneradas. Y así ocurrió en julio, cuando se recuperó una ley de 1821 por la que las autoridades quedaban investidas de facultades discrecionales para reprimir toda alteración del orden público y someter a sus promotores a tribunales especiales. Esto dio lugar a toda clase de abusos: en Navia, por ejemplo, un joven fue detenido por el simple hecho de dar vivas a la República. Los firmantes del Pacto Galaico-Asturiano se pusieron en guardia: «De Covadonga salió el grito santo que fue la resurrección de nuestra nacionalidad; lleven hoy los ecos desde la sierra del Faro hasta la cumbre de Auseva el de libertad, patria y República, y despertando con él hasta los indiferentes, defenderemos el paso de nuestras Termópilas».

Ánimos caldeados

Los ánimos estaban muy caldeados. En septiembre hubo una manifestación en Tarragona que se desbocó y el gobernador fue linchado hasta la muerte. Los federales más levantiscos amenazaban con la revolución. Entonces, el Pacto Galaico-Asturiano trasmitió un mensaje ya explícito, desprovisto de retórica historicista: «Alerta todo el mundo, y esperar en el telégrafo». Al reabrirse las Cortes en octubre, se discutió un proyecto de ley para suspender las garantías constitucionales y muchos diputados republicanos abandonaron su escaño. Mientras tanto, fueron estallando sublevaciones en diversas provincias y algunos parlamentarios las secundaron, anticipando el fenómeno cantonal de 1873.

Mariano Álvarez Acevedo, diputado por León, se había trasladado hasta Oviedo para dirigir la sublevación. Nada más llegar a la capital asturiana, fue detenido. Luego, un grupo de hombres armados intentaron liberarlo, pero fue conducido a Madrid y encarcelado en las prisiones de San Francisco. Tal eventualidad no disuadió a los insurrectos. El 5 de octubre una partida se levantó en el centro de Asturias al grito de ‘¡Viva la República Federal!’. Parece que más tarde la cuadrilla se desdobló. Sus jefes eran Bernardo Coterón y Antonio Rodil Argüelles. Éste había fundado en Oviedo un periódico titulado ‘El Amigo del Pueblo’ y luego codirigió en Madrid otro de título elocuente: ‘El Rojo’; según Jove Bravo había dejado los estudios de seminarista. Coterón fue alcalde de barrio, miliciano e integrante del comité federal ovetense; dice Estévanez en sus memorias que se trataba de un «tipo de novela» y la anécdota que cuenta ilustra bien su carácter: «En un día de enero, en Llanes, apostó conmigo que era capaz de hacer lo que yo hiciera; me desnudé en la playa, me eché al mar y estuve en el agua dos minutos; él se desnudó con mucha calma y estuvo en el mar tres cuartos de hora».

¿Cómo se desarrollaron los acontecimientos? Un grupo de entre 80 y 150 hombres armados -la cifra varía según las fuentes- irrumpieron en la fábrica de armas de Trubia y se llevaron un montón de fusiles. Los revolucionarios aumentaron en número tras el asalto, hasta unos 200 según algunas informaciones. Al examinar el armamento sustraído debieron de llevarse un angustioso chasco: se trataba de pertrechos defectuosos. A buen seguro el percance socavó el ánimo de los federales y condicionó la duración del romántico levantamiento.

Estado de guerra

Entretanto, guardias civiles y carabineros habían salido tras los revolucionarios. Las autoridades declararon el estado de guerra en la provincia y ofrecieron el indulto a todos los que entregaran las armas, excepto los cabecillas, que serían acusados de rebelión. Se dijo que un retén de carabineros salió malparado del encuentro con los federales. La partida mandada por Coterón fue dispersada en la parroquia langreana de Barros. Un grupo consiguió llegar a Sama y se parapetó tras unas barricadas, aunque fueron tomadas a la bayoneta con el resultado de varios muertos y heridos. Mientras algunos se iban acogiendo al indulto, Coterón logró huir y llegar a Bayona, adonde emigraron esos días numerosos republicanos españoles y también carlistas. Rodil escapó hacia el occidente y se refugió en casa del federal naviego Rafael Fernández Calzada, pero fue descubierto y llevado a la cárcel de Oviedo. De la fugaz revolución de Asturias llegaron ecos incluso a las calles de París.

Todavía el día 11, el Ayuntamiento gijonés suplicó que la compañía de la Guardia Civil no saliera para Oviedo porque se alteraría el orden. El de Oviedo pidió el indulto para los jefes, alegando que se habían disuelto «sin haber cometido desmanes ni delito alguno común». Aún en la madrugada del 14, intentaron la revolución los federales coruñeses, que tenían entre sus jefes al médico ovetense Ramón Pérez Costales. La revolución federal de 1869 terminó en España el día 18, con la rendición de los insurrectos valencianos. No se decretó la amnistía hasta agosto de 1870. Los asturianos que se acogieron al indulto evitaron la cárcel y el proceso judicial, pero las represalias y el escarmiento adoptaron formas poco sutiles. En la fábrica de Trubia, por ejemplo, fueron despedidos más de cien obreros implicados y otros que no se habían sublevado pero que militaban en el Partido Federal: incluso el cura de la parroquia suplicó su readmisión. De inmediato, se abrieron suscripciones de apoyo a esas familias en diversos puntos de Asturias. Hasta 1.650 reales se cosecharon sólo en Avilés durante las primeras semanas. En aquellas colectas solidarias, que tuvieron sus equivalentes en otras regiones, participó un buen número de mujeres republicanas.

¿Hay relación entre los hechos de 1869 y los de 1934? Nada tiene que ver un octubre asturiano con otro. Ni los sucesos de 1934 fueron una reedición de los de 1869, para entonces indudablemente olvidados, ni éstos pueden considerarse, en rigor, un precedente de aquéllos. Pero, como episodios fundamentales de la historia social de Asturias y de las acciones colectivas de las clases populares en la región, es inevitable hablar de similitudes y diferencias. No se trata de extrapolar ni de incurrir en el anacronismo, sino de pensar históricamente: el valor pedagógico del mero razonar es indiscutible.

Sólo un análisis superficial ignoraría los evidentes paralelismos que hubo entre dos insurrecciones que, con 65 años de distancia, por fuerza tienen que diferir. Compartieron la base eminentemente popular y obrera, el utópico acicate de la redención social, el rencor hacia el Gobierno de turno, el éxito supeditado al feliz desenlace de un estallido similar verificado en otros lugares o el incuestionable paralelismo entre algunos episodios, como el asalto a la fábrica de armas. Y sólo un examen ligero soslayaría las desemejanzas. Entre otras cosas, ambas revoluciones difieren sustancialmente en el objetivo, las convicciones que las informan, la cantidad de implicados, el número de bajas y el grado de violencia ejercido contra las personas tanto en el desarrollo de los acontecimientos como en la represión. Ahora bien, por más que el propósito confeso de las insurrecciones de 1869 no fuera derrocar el modo de producción capitalista, sino la proclamación de la República Federal, la formación de las culturas políticas que luego confluyeron en los acontecimientos de 1934 debió mucho en sus orígenes a los quehaceres del variopinto demorrepublicanismo histórico. Como también se le deben muchos valores que, siquiera teóricamente, hoy pocos impugnan en el llamado ‘mundo occidental’. Qué paradoja.

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Archivado bajo Sexeniu 1868-1874

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