Félix de Aramburu, un demócrata en la Universidad de Oviedo

aramburu

El Comercio (24/06/2013)

Sergio Sánchez Collantes

Se cumple el centenario de la muerte de quien timoneó el Rectorado en la época más gloriosa de la institución

El 30 de abril de 1913 falleció en Madrid, pocos días antes de cumplir los 65 años, Félix de Aramburu y Zuloaga. Escritor y penalista ilustre, este docente de la Universidad de Oviedo timoneó el Rectorado en la época más gloriosa de la institución asturiana. Lo recordaremos con ocasión del centenario de su muerte.

Félix de Aramburu vino al mundo en Oviedo el 6 de mayo de 1848. Así figura en el libro del Registro Civil que se conserva en el Archivo Municipal de esa ciudad. Pero las semblanzas que le consagran diccionarios y enciclopedias afirman que nació el día 5. Hay una explicación que justifica ese baile de fechas: la hora del alumbramiento, que se produjo a las 12 de la noche, según indica la nota del secretario municipal que lo inscribió. Seguramente, la propia familia tomó el día 5 como el de su aniversario y de ahí que este mismo dato figure en otras partidas y documentos oficiales, como los del Archivo del Senado.

El pequeño Félix fue hijo del matrimonio formado por el catedrático Juan Domingo Aramburu y la vizcaína Josefa Zuloaga, que residían en la ovetense calle de la Herrería. En su población de nacimiento hizo los estudios primarios y se matriculó en el instituto, donde ya sobresalió como estudiante aplicado y hábil con las letras. Todavía era un adolescente cuando escribió sus primeras colaboraciones en algunos periódicos regionales como La Joven Asturias, La Tradición y El Eco de Avilés. A su vez, fue asiduo de tertulias variopintas y miembro destacado de proyectos asociativos perdurables, como el Casino que se fundó en la capital asturiana.

La oleada revolucionaria que sacudió Europa el año en que nació Félix había dejado en el continente la semilla del ideario democrático, que no tardó en germinar en los espíritus más liberales. El joven Félix recibió la influencia de estas doctrinas ya en la Universidad de Oviedo, donde no faltaron docentes valedores de unos principios a la sazón muy heterodoxos. La defensa de tales ideas, es necesario recordarlo, les acarreó a muchos contemporáneos un sinfín de penalidades, incluyendo la cárcel y la emigración.

La defensa del republicanismo constituye precisamente una de las facetas más desconocidas de Aramburu, pues ha sido constantemente ignorada u omitida en reseñas y semblanzas. Esta predilección ideológica, manifestada ya en sus colaboraciones para La Joven Asturias, eclosionó después de la revolución Gloriosa de 1868. Aquellos días, el bullicio inundó las calles de Vetusta, sonó el Himno de Riego, volaron los pasquines y, abatidas las mordazas, una legión de bocas no se cansó de gritar ‘¡Abajo los Borbones! ¡Viva España con honra!’. A los pocos meses, Félix Aramburu fue elegido presidente de la Juventud Republicana que se constituyó en Oviedo y forjó su elegante oratoria al calor del las manifestaciones populares.

Protesta contra la variante

El joven prosiguió entretanto su formación. En septiembre de 1869 se licenció en Derecho Civil y Canónico. Al año siguiente, terminó sus estudios de doctorado en la Universidad Central de Madrid. Y, al poco, se incorporó como profesor auxiliar en la de Oviedo, satisfaciendo con ello una vocación que se le antojó más gratificante que la de la escritura. Lo hizo sin renunciar a las actividades políticas, ya que sus correligionarios asturianos lo nombraron representante de la provincia para las asambleas nacionales que el Partido Republicano Federal celebró durante este periodo. También colaboró en la entusiasta prensa de signo democrático. Al sobrevenir la histórica jornada del 11 de febrero de 1873, cuando se proclamó la primera República de España, Aramburu fue uno de los que hablaron a la multitud desde los balcones del Ayuntamiento de Oviedo. Además, casi logra el acta de diputado por el distrito de Castropol en las elecciones a Cortes Constituyentes de ese año.

Al poco de restaurarse la monarquía, en 1876, Aramburu consiguió la plaza de catedrático de Historia y Elementos de Derecho Romano en la Universidad de Oviedo. En estos tiempos moderó sus posiciones, pero en realidad siguió abrazando doctrinas de naturaleza republicana. Es cierto que desaparecieron la fogosidad juvenil y su activismo; sin embargo, perduraron las hondas aspiraciones y nunca renegó del campo democrático. Como bien explicó Adolfo Posada en sus memorias, don Félix se convirtió en un ‘republicano platónico’, es decir, que lo era en el fondo de sus convicciones más que en un sentido militante.

Durante este periodo, Aramburu desempeñó un papel esencial en la magnífica Revista de Asturias, que él mismo fundó y dirigió. No fue menor su relevancia en La Quintana, notable asociación cultural que integraron personalidades de la talla de Julio Somoza, Braulio Vigón, Fermín Canella, Máximo Fuertes Acevedo y Ciriaco Miguel Vigil. Entremedias, ocupó varios cargos de duración y alcance diversos. Así, los de secretario en la organización de la protesta contra la variante del ferrocarril de Pajares; directivo de la Asociación de Ganaderos de Asturias; miembro del Tribunal Contencioso-administrativo; vicepresidente de la Sociedad Económica de Amigos del País; secretario y profesor de la Escuela de Artes y Oficios; director del Museo Arqueológico y jefe de la Inspección Provincial de Instrucción Pública.

Los años dorados

En 1888 se casó con Eloísa Díaz Cutre. Y ese mismo año, empezó a desempeñar el cargo de rector de la Universidad de Oviedo. Este cometido ya no lo abandonó hasta 1905 y, desde 1901, también asumió como senador la representación de la alma máter ovetense en la Cámara Alta.

Constantino Suárez definió su gestión rectoral como «un encadenamiento de aciertos inteligentes, en el que se enlazaban las mejoras materiales del edificio y de las cátedras con el perfeccionamiento de los planes educativos». Se trata del periodo en el que surgieron la Extensión Universitaria y la Universidad Popular. También se restableció en ese lapso de tiempo la Facultad de Ciencias. Fueron años dorados para la institución asturiana, que llegó a reunir un plantel de docentes verdaderamente excepcional. Y en las ideas de Aramburu, al fin y al cabo, subyacían las mismas inquietudes reformistas que, con diferentes matices, predominaron en el ‘Grupo de Oviedo’, nombre que recibió ese conjunto de profesores que le dieron a la universidad asturiana tanto prestigio en el periodo de entresiglos.

En 1905, al ser nombrado profesor de la flamante Escuela de Criminología, se trasladó a Madrid, donde vivió en la calle de Prim. No tardó en ocupar otra cátedra en la Universidad Central, la de Derecho Penal. Y recibió más honores y reconocimientos, como el ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas o la designación de magistrado del Tribunal Supremo. Allí, en la Villa y Corte, falleció en 1913 víctima de la gripe.

Félix de Aramburu nos ha legado una obra escrita notable que no es posible detallar aquí. Nos limitaremos a recomendar la lectura de su Monografía de Asturias, que recibió un premio de la Academia de la Historia en 1903. Reeditada hace casi 25 años por Silverio Cañada, debería manejarla cualquier persona interesada en la historia y la cultura asturiana.

Allá por 1936, manifestaba Constantino Suárez una franca tristeza por la falta de investigaciones sobre la persona de Aramburu: «Deprime la observación de que no exista ningún estudio, ni pequeño ni grande, respecto de la personalidad y la obra de Félix de Aramburu». Sin menoscabo de quienes se han acercado a su figura en estas décadas -que no son muchos, la verdad-, a los cien años de su muerte todavía no se ha enmendado esa carencia de la forma más conveniente, que es mediante la preparación de una tesis doctoral esmerada y concienzuda. Asimismo, convendría reunir su obra en una edición crítica, igual que se ha hecho con la de Fermín Canella u otros contemporáneos. Merecen ese destino siquiera los artículos que se hallan dispersos en la prensa periódica.

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