Julio Somoza: memoria de un republicano discreto

El Comercio (25-10-2015)

Sergio Sánchez Collantes

El nombre Julio Somoza, ilustre gijonés, seguramente le resulta desconocido a mucha gente de la villa. Y parece lógico, porque lo normal en los tiempos que corren —también en los que les precedieron— es que un buen número de figuras locales muy populares en otras épocas vayan cayendo inexorablemente en el olvido. Aprovechemos que se cumplen 75 años de su muerte, ocurrida el 25 de octubre de 1940 en Gijón, para recordar a quien fue un reputado historiador local y acreditado jovellanista, además de colaborador de EL COMERCIO y de otros periódicos en cuyas páginas demostró su notable talla como polígrafo.

Algunas iniciativas han contribuido a que la figura de Julio Somoza sea menos ignorada. En la preservación de su memoria podrían destacarse tres factores. En primer lugar, hace que suene algo más familiar la dedicatoria de una calle, que ya se propuso al comenzar la edificación de la zona de El Coto pero que finalmente no se convirtió en realidad hasta junio de 1939, momento en que se bautizó con su nombre la travesía que, antes de desembocar cerca de la Escalera 2, enlaza las calles de San Bernardo y Cabrales. En segundo lugar, junto con la publicación de su edición de los diarios de Jovellanos que hizo el Real Instituto de Estudios Asturianos en los cincuenta, hay que apuntar la reedición —a menudo facsimilar—de varias de sus obras más representativas, labor en la que sobresalieron, primero, la Biblioteca Asturiana que el padre Patac impulsó en el Colegio de la Inmaculada desde finales de los sesenta; y después, ya en los ochenta, la editorial Auseva. A todo ello se añadió finalmente, ya en 2001, la publicación de una documentada biografía a cargo del historiador Agustín Guzmán Sancho, que editó la Fundación Foro Jovellanos.

Aquí, más que trazar una simple reseña biográfica, nos detendremos a examinar una de las facetas menos conocidas de don Julio, que es la que tiene que ver con su pensamiento en materia política. No es fácil reconstruir su evolución completa, pero el Somoza del siglo XIX —al menos hasta el final de la centuria— bien puede definirse como republicano, predilección ideológica que se documenta lo suficiente para entonces aunque su deriva posterior resulte más opaca. Eso sí, no fue el suyo un republicanismo militante, del que hiciera público alarde, sino que recuerda al que terminaron profesando otros contemporáneos de su generación, como Félix Aramburu, quien, según la descripción que en su día hizo Adolfo Posada, «rectificó pronto su republicanismo militante en un sentido platónico», o lo que es lo mismo, continuó siendo republicano pero discretamente, en sus íntimas convicciones y en un tono más bien moderado y reformista. Quizás Somoza compartió también el ardor juvenil de quien había nacido el mismo año, 1848, fecha emblemática en la historia de la democracia europea por las ideas que animaron las revoluciones que entonces sacudieron medio continente. Pero de esa eventual militancia precoz no tenemos constancia documental.

Lo que sí que puede documentarse es la existencia de afinidades republicanas en el Somoza veinteañero, el treintañero e incluso el ya entrado en la cuarentena. La orientación de los periódicos en los que colaboró durante los setenta resulta muy elocuente. Lo hizo en cabeceras tan significadas políticamente como El Municipio Federal, inspirado por el pimargalliano Eladio Carreño y dirigido por Genaro Junquera Plá. En este rotativo, que se publicó en Gijón durante la primera República Española (1873-1874), Somoza desempeñó el cargo de administrador. Buena parte del equipo se volcó después en El Productor Asturiano (1875-1878), esta vez sin profesión abierta de republicanismo aunque con el concurso de muchos, tanto en la redacción (fundado otra vez por Carreño, de nuevo lo dirigió Junquera y Plá) como en el plantel de colaboradores, entre los que, aparte de Somoza, hallamos por ejemplo al institucionista Gumersindo de Azcárate. El continuador de aquel proyecto, finalmente minado por las enconadas controversias portuarias, no fue otro que EL COMERCIO, aparecido en 1878. Y este mismo año, también con el concurso de Somoza y bajo la dirección del mencionado Aramburu, se creó la magnífica Revista de Asturias (1878-1883), donde, según ha estudiado Andrés Osoro, «las ideas republicanas estaban presentes de modo importante, tanto entre los colaboradores más próximos a la publicación como entre aquellos que participaron más esporádicamente».

En el terreno de la prensa, justamente, censuró el jovellanista el hecho de que tantas veces la hicieran quienes carecían de una preparación adecuada: «lánzase tumultuosamente a la carrera periodística, gente de escasa o rudimentaria cultura, sin vocación ni aprendizaje».

A finales del siglo XIX, escribir en un periódico republicano podía ser algo circunstancial si la política no era el asunto dominante en los textos del colaborador. Tratándose de Julio Somoza, su participación en una empresa como El Municipio Federal, siendo en sí reveladora, cobra más importancia a la luz de otros testimonios posteriores. De aquella década, resulta muy elocuente su postura al inaugurarse el cementerio civil de Gijón en 1876. El protestante Luis Truan, fundador de la fábrica de vidrios La Industria, fue el primero que recibió sepultura en ese lugar. A propósito del novedoso acto, Julio Somoza envió un artículo al periódico democrático El Eco de Asturias en el que consideró el acontecimiento una «señal evidente de progreso» y del avance que lograban en la villa «las ideas civilizadoras de nuestro siglo». El jovellanista destacó la «numerosa concurrencia» y habló de «la austera formalidad de las prácticas civiles», puesto que «no intervenían cánticos ni símbolos religiosos». Su testimonio destila un júbilo indisimulado: «¡Felices nosotros que podemos gozar hoy, gracias al progreso, una era de tolerancia y fraternidad como la que presenciamos ayer por vez primera en esta villa!».

En las elecciones a diputados provinciales de 1882, el candidato republicano por el distrito de Gijón-Villaviciosa, el masón Juan González Ríos, obtuvo alrededor de 1.800 sufragios y uno de sus votantes habría sido Julio Somoza, atendiendo a lo que le había confesado antes a Braulio Vigón: «Mi voto será para el candidato republicano si lo hay». En cualquier caso, se trataba de un republicano muy popular, según recordaron en EL COMERCIO antes de conocerse los resultados: «las simpatías y amistades con que cuenta el Sr. Ríos en Gijón, donde es muy conocido, nos hacen augurarle un seguro triunfo que de veras le deseamos».

Poco después, en 1884, el nombre de Julio Somoza figuró entre el casi medio millar de gijoneses que aportaron su óbolo a una colecta para socorrer a las familias del comandante Ramón Ferrándiz y el capitán teniente Manuel Bellés, fusilados por encabezar un levantamiento republicano en Santa Coloma de Farnés (Gerona), dentro de las intentonas que promovió la llamada Asociación Republicana Militar. El dinero, un total de 240 pesetas, fue enviado a través del médico Eladio Carreño a la redacción del periódico federal La República, que se publicaba en Madrid. Somoza aportó una peseta en una suscripción en la que el grueso de las contribuciones eran de 25 céntimos o, a lo sumo, dos reales. Fueron los días en que sugirió que el Ayuntamiento debería «sustituir los nombres del santoral callejero con otros más característicos y en armonía con las ideas de la época».

A la sazón, don Julio mantenía contacto con el Ateneo-casino Obrero de Gijón. Este centro lo impulsaron en 1881 los republicanos federales de la villa, quienes evitaron convertirlo en una sociedad política para fomentar una vertiente instructiva que, pese a no estar del todo libre de connotaciones ideológicas, facilitó el concurso de otros sectores liberales. Somoza fue uno de los socios ilustres que donaron libros para su biblioteca, igual que Concepción Arenal o Fernández Vallín, gestos que permitieron que en la primera década rebasase los 700 volúmenes. En el Ateneo hizo Fernando García Arenal la encuesta de la Comisión de Reformas Sociales para conocer el estado de las clases trabajadoras gijonesas y Somoza, a quien preocupaba la llamada “cuestión social”, aplaudió expresamente su labor: «le felicito doblemente por el utilísimo servicio que usted acaba de prestar, compendiando con brevedad, sí, pero de una manera honrosa y leal, la desventurada situación en que se encuentra la clase proletaria de esta villa».

Esas clases populares eran las que más padecían el sistema de quintas y los impuestos de consumos, dos odiosas cargas que generaban un malestar que se hallaba detrás de buena parte de los motines que sacudieron España a lo largo del siglo XIX y aun a comienzos del XX. Al respecto hizo Somoza unas críticas más que razonables. De lo primero, el servicio militar, denunció el escandaloso fraude que se producía cuando se declaraban exentos infinidad de mozos gracias al pernicioso fenómeno de la influencia caciquil y el juego de favores de las redes clientelares. Y de lo segundo, ese tributo indirecto que gravaba muchos productos básicos y que debía abonarse en los fielatos, a la entrada de las ciudades, defendió la «supresión del bárbaro pincho» que utilizaban los vigilantes. Sus razones se comprenderán bien si leemos otro testimonio de García Arenal, que refleja el carácter antihigiénico y vejatorio del registro al que eran sometidos los aldeanos que llegaban a la ciudad con sus productos: «hoy se les antoja a los dependientes de consumos, que en el fondo de las vasijas donde traen la leche, puede venir manteca, y para cerciorarse, introducen en ellas el consabido pincho, que poco antes había servido para el mismo objeto en un carro de estiércol».

Las predilecciones republicanas de Somoza se mantuvieron en la última década del XIX, a juzgar por un testimonio exhumado por Guzmán Sancho que parece más significativo aún, ya que no sólo demuestra las preferencias del erudito gijonés, sino que atestigua cómo trató de influir en terceras personas, de orientar su voto, algo muy característico en la España del momento. Ocurrió en 1896, cuando nuestro personaje envió a varios renteros que habitaban unas casas de su propiedad una carta por la que les recomendaba la candidatura de un amigo, Vicente Innerárity, para diputado a Cortes por Gijón: «tendría sumo gusto en que le votasen en las próximas elecciones, cuya indicación la hago en tono amistoso a Vd. y a los demás caseros por si tienen a bien atendérmela seguro de que lo agradeceré ahora y en todo tiempo».

La tendencia política que representaba Innerárity, jefe en la villa del Partido Republicano Centralista —el de Nicolás Salmerón, a quien alojó en su domicilio cuando vino a Gijón en 1893—, sugiere que el republicanismo que más atrajo a Somoza fue el mismo que sedujo a tantos intelectuales afines a la Institución Libre de Enseñanza, parte de cuyo legado heredará luego el reformismo melquiadista. El ideal pedagógico del jovellanista respalda esta idea, ya que en su obra Cosiquines de la mio quintana —muy recomendable para quien se interese por la historia de Gijón—, al enumerar las reformas urbanas que consideraba necesarias para la villa, incluyó en la lista el «establecimiento de una escuela sistema Froebel».

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