Las mujeres en la historia del Ateneo Obrero

El Comercio (13/03/2008)

Sergio Sánchez Collantes

El Ateneo Obrero gijonés fue impulsado en 1881 por un grupo de republicanos de la villa. Durante muchas décadas, fue un espacio de difusión de valores y hábitos democráticos, pero según los parámetros que entonces caracterizaban este concepto. Por ello fue también un espacio visiblemente androcéntrico, donde los varones eran los únicos beneficiarios de las clases nocturnas y del derecho a ser electores y elegibles en los comicios que renovaban la directiva de esta entidad, monopolizando también los cargos de sus secciones. Lo normal era que las mujeres quedaran subsumidas entre los «familiares de socios» hasta que, décadas más tarde, el reglamento codificó la figura del «socio eventual femenino». En cualquier caso, ese androcentrismo no era una singularidad del Ateneo, sino que concernía genéricamente a toda una sociedad que excluía a las mujeres de la vida pública y consideraba que tenían que limitarse a «ejercer» como madres y esposas en el espacio doméstico.

La sociabilidad ateneísta, no obstante, fue circunstancialmente mixta. Lo demuestran las veladas literarias, musicales o dramáticas, así como los aniversarios; pero también bastantes conferencias, que tenían un carácter menos lúdico. Numerosos testimonios de tales eventos se hacen eco de la masiva afluencia de mujeres, fenómeno que con los años no haría sino acentuarse. Aunque excepcional, el protagonismo femenino en roles tradicionalmente masculinos tampoco fue ajeno a esta sociedad, y el mejor ejemplo de ello es Rosario de Acuña, que había sido la primera mujer en ocupar la tribuna del Ateneo de Madrid -en 1884- y que también peroraría en el de Gijón.

Por aquel entonces, la idea de extender a las mujeres los beneficios de la instrucción aumentó sus partidarios en los sectores ideológicamente más avanzados. De hecho, no pocas iniciativas con ese objeto fueron puestas en marcha en otras localidades españolas en las que el ideario demorrepublicano, responsable del grueso de dichos proyectos, gozaba de notable predicamento. Las escuelas laicas para niñas, espoleadas por grupos de librepensadores de diverso pelaje, constituyen el ejemplo más paradigmático: sustraer a las mujeres del influjo clerical y educarlas en los valores democráticos era, según sus impulsores, la palanca más efectiva para la regeneración social, por su beneficiosa influencia sobre la futura prole.

No se puede descartar la hipótesis de que los promotores del Ateneo barajaran la posibilidad de dar a esta problemática una respuesta específica, idea que pudieron abandonar a raíz de la fundación en 1888 de la Escuela de Artes y Oficios, que ofertaba un programa de enseñanzas para las mujeres (aunque nada trasgresor) y cuya sola apertura, además, comportó un descenso de matriculados en el propio Ateneo. Sea como fuere, recuérdese que la gijonesa Escuela de Artes y Oficios, en origen, fue también un proyecto republicano que, alentado por el Ayuntamiento de 1873, no pudo consumarse entonces por la breve vigencia de aquella República. No por casualidad, uno de sus concejales se erigió a la postre en el primer director de dicha Escuela: el ingeniero Justo del Castillo (socio, profesor y conferenciante del Ateneo).

En 1907, Juan Teófilo Gallego propuso la creación en la villa de un Ateneo para la mujer. Pese a las nobles intenciones de este maestro, que no se negaba a que cursaran alguna carrera «si eso era muy conveniente», sus objetivos eran netamente tradicionales: hablaba de convertirla en «ilustrada esposa y excelente madre» veinte años después de que Rosario de Acuña les recordara a sus congéneres, en su memorable artículo «A las mujeres del siglo XIX», que antes de ser hijas, esposas y madres eran criaturas racionales que lo mismo podían educar hijos que pueblos.

En el tema que nos ocupa, el Ateneo Obrero no parece haber experimentado grandes novedades hasta los años veinte, según se desprende de las investigaciones realizadas por Ángel Mato. No concretó un programa específico de instrucción femenina hasta el curso de 1923-1924, cuando estableció para ellas una biblioteca y charlas semanales. La creación del Grupo Femenino se demoró hasta las vísperas de la proclamación de la República, aunque ya hubo intentos en 1927. En los años treinta, en torno a 150 mujeres eran socias de la biblioteca y, aun siendo minoría, llegaron a desbordar estadísticamente a los hombres en préstamos y lecturas. Y a comienzos de 1936, al fin, una mujer ingresó por vez primera en la Junta Directiva: se trataba de Herminia Arenas Fernández. Después vino la guerra y, con el franquismo, la regresión de las limitadas conquistas femeninas, derecho a voto incluido.

Los testimonios que documentan la refundación del Ateneo en 1981 hablan de «antiguos socios y socias», lo que trasluce un protagonismo femenino inexistente un siglo antes. De la primera junta directiva electa volvió a formar parte una mujer, Carmen Rico, hija del antiguo socio y versado ajedrecista Antonio Rico. Con los años, otras mujeres se incorporaron a la Dirección de la entidad: Eloína Fernández, Isabel Nicieza, Paz Fonticiella, Concha Estrada, Emilia Vázquez, Ana María Rodríguez Díez y María del Mar Pérez García. Mujeres son, también, las que han desempeñado las funciones de secretaria administrativa: Carmen Trapiella, Mónica Fernández y Balbina Meana. Pero hasta la fecha, ninguna ha figurado a la cabeza de la sociedad, aunque la profesora Emilia ostenta la vicepresidencia desde el 2000. La directiva votada ese año es la que ha incluido mayor número de mujeres, aunque sólo eran tres frente a seis varones. En efecto, la preponderancia de éstos ha sido patente en los sucesivos equipos de gobierno, aunque la pertenencia a los mismos suele relacionarse con el grado de disponibilidad personal. También es cierto que las mujeres siempre han representado un porcentaje menor en el conjunto de los asociados (en 2007, una escasa cuarta parte). Pero esto no debiera ocultar la notable implicación de muchas de ellas: por ejemplo, a finales de 1997, la meritoria Plataforma Asturiana de Educación Crítica (nombre dado a la Sección de Educación del Ateneo) contaba 24 mujeres entre sus 52 socios, es decir, casi la mitad. En cualquier caso es evidente que queda mucho por hacer.

Lamentablemente, no es posible citar aquí demasiados nombres y, para terminar, habremos de conformarnos con referir dos de las principales actuaciones del Ateneo más específicamente relacionadas con el asunto que estamos tratando. De un lado, el equipo de ajedrez femenino que impulsó Alberto Hevia en 1989, y que a la sazón era el único de su clase en Asturias (una de sus integrantes, Yolanda Ceferino, llegó a ser dos veces campeona de Asturias). De otro lado, cómo no, las Jornadas Feministas «Mujeres sin voz», que se celebraron desde 1993, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer Trabajadora y en colaboración con la Asociación Feminista de Asturias, algunas de cuyas fundadoras originarias terminaron asociándose al Ateneo, como la citada Emilia Vázquez o Paz Fernández Felgueroso.

En 2006, el Ateneo Obrero de Gijón cumplió 125 años en medio de un aluvión de premios y reconocimientos. Sirvan estas líneas de modesto homenaje a las ateneístas que fueron, las que son y las que serán.

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